Tantas gracias

MI HERMOSA LAVANDERÍA

El escritor Paul Auster ha mencionado en multitud de ocasiones uno de los sucesos que marcó su vida. Cuando tenía siete años, su madre lo envió a un campamento de verano en la montaña. Saliendo de excursión con unos compañeros, empezó a caer una tormenta torrencial y los niños corrieron a resguardarse. Al encontrar un cerramiento de alambre, uno de los chavales, el que más corría, intentó subirse por él, con tan mala suerte que cayó un rayo en ese momento y el niño murió en el acto. Los otros niños siguieron corriendo y Paul Auster, pensando que su amigo aún estaba con vida, se quedó con él y empezó a observar los diferentes cambios físicos que sufrió el cadáver: la súbita rigidez, los labios morados, la mirada vacía. Paul Auster afirma que ese momento fue fundamental en su vida y en su carrera, porque fue por primera vez consciente de lo efímera y aleatoria (dado que fue pura casualidad que fuera el otro y no él mismo el que fuera alcanzado por el rayo) que es la vida. Y también porque sintió un intenso agradecimiento porque el destino le había dado una segunda oportunidad, aunque se la hubiera denegado a su amigo. Desde entonces, cada mañana, Paul Auster, antes de salir de la cama y esté donde esté, dice: «Gracias». A la vida, al destino, al rayo, a su propia torpeza por no ser tan buen corredor como el niño fallecido. A menudo estos encuentros con la mortalidad nos hacen ser conscientes de lo corta y azarosa que es nuestra existencia y, al menos durante un tiempo, un sentimiento intenso de agradecimiento nos embarga y nos hace ver lo que nos rodea con otros ojos. Por circunstancias que no tienen nada que ver con tormentas o rayos, he tenido, no hace demasiado, un topetazo con la muerte y me he sorprendido a mí misma musitando, si no todas las mañanas, sí con frecuencia, no sé a qué o a quién: «Gracias». Gracias por dejarme sentir cómo el aire entra en mis pulmones y los abandona imperceptiblemente, gracias por el sudor y el frío y el hielo y la escarcha y los arcoíris y el barro y las puestas de sol, aunque sean sólo una alucinación óptica, aunque sean mentira. Gracias por los libros y la música y las películas y la pintura y el ruido de las golondrinas y el zureo de las palomas y el ronroneo de los gatos. Gracias por los dolores de cabeza que me hacen recordar que tengo una, que soy vulnerable, que soy mortal. Gracias por esta vida a veces hermosa, a menudo terrible e inasible y ajena. Gracias por las auroras boreales aunque duren apenas unos segundos, aunque donde vivo nunca las veamos. Gracias por el vino tinto y el champagne y los zumos de manzana con limón y jengibre.

Y sobre todo, gracias por que, un buen día de primavera, una chica de Salamanca y un chico de Barcelona se encontraron en una sala de baile y ya no se alejaron nunca el uno del otro y luego, años después, me recibieron en su vida. Gracias.