Fantasía para soñadores

ARENAS MOVEDIZAS

No habrán de pasar muchos días antes de que se celebre la gala de los Oscar de Jolivú, esa ceremonia tan inútilmente copiada en medio mundo y tan envidiada por cualquiera que celebre una entrega con pretensiones de premios de toda índole. Algún amigo tengo que ha tenido la fortuna de ir y me cuenta que la entrega se hace un poco larga, pero que todo lo compensa el poder ver a corta distancia a megaestrellas de toda índole desenvolviéndose como pez en el agua en un show normalmente preñado de talento. Vestirse monísima de la muerte -o como un adefesio-, trasladarte en un atasco interminable hasta el teatro correspondiente, bajarse del carro como si uno fuera una estrella, entrar mirando a derecha e izquierda al fin de ver a esa gente con la que te harías fotos y fotos, sentarte en el fondo del anfiteatro, tragarse esos premios que no le interesan más que a quienes se los dan y, después, asistir a la emoción de esos otros premiados de relumbrón que están encantados de encontrarse con otros relumbrones no premiados y muchas risas, y muchos besos y todos muy felices y elegantes y tal y tal… debe de ser extraordinario, qué quieren que les diga. Pero a lo que iba.

Este año hay una gran favorita sobre la que se vuelcan pocas dudas. La La Land se lo va a llevar casi todo, salvo sorpresa de última hora. Dicen los que entienden de cine que realmente se lo merece todo. Yo, que no entiendo como aquellos que entienden mucho, pienso lo mismo. Fui a ver la película con ciertos reparos, esencialmente los que tienen que ver con las películas que me huelen a moñas, pero el manido argumento de chico encuentra chica y todo eso es lo de menos. Incluso la propia historia es lo de menos: es un argumento mil veces dramatizado en el cine, sin asombro ninguno. Lo de más es el alarde técnico, la imaginación desarrollada, la interpretación más que correcta y la milimétrica perfección de sus performances. Cuando uno se enfrenta a los tres primeros minutos de la cinta, se da cuenta de lo que le espera: una portentosa coreografía coordinada a la perfección y desarrollada en un atasco en una autovía filmada en plano secuencia con cámara al hombro (realmente una steadycam, imagino) te dice ante qué te encuentras. Para rodar esa escena se han tenido que gastar muchas horas en muchos días. Plano secuencia quiere decir que no hay cortes y empalmes, o sea, edición. Lo que se filma pasa del tirón. Si hay un error a tres segundos de acabar, hay que volver a la primera posición. La cámara es un elemento más del baile, no puede pegar tirones y tiene un recorrido tan complicado como el bailarín más activo. La fotografía, por demás, casi casi es un elemento más de la trama: con juegos de luces cambian escenas, relatos, complicidades con el espectador. La factura plástica es fantástica, en fin. Y el trabajo de Ryan Gosling y Emma Stone es lo suficientemente sólido, o al menos me lo parece a mí, como para trincar las estatuillas del tirón, aunque, eso sí, no crean los nostálgicos del baile en el cine que estos dos son Cyd Charisse o Fred Astaire, nada que ver. Bailan con gracejo aquellos bailes a los que son sometidos, pocos y a su medida, con gusto y plasticidad, pero muestran ante el espectador una innegable química que hace que sean adoptados desde el minuto uno.

La La Land es, fundamentalmente, fantasía para soñadores, evasión, vuelo sin motor sobre historias muy humanas relacionadas con la perseverancia, el esfuerzo, la fortuna y el alcance de los objetivos deseados. Puede que, sobre el papel, sienta usted una cierta aversión a películas con cierta apariencia de pastel, pero no se engañe, se trata de un relato muy bien contado, bien cantado y bastante bien bailado. Y, sobre todo, fantásticamente filmado, especialmente en el inicio y el final, ambos, a mi modo de ver, antológicos.