El momento de la verdad

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Escribía Borges, en su cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, que «cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es». Sospecho que a todos se nos brinda ese momento en algún pasaje de nuestra vida; pero no siempre acertamos a distinguirlo, y con frecuencia nos morimos sin saber quiénes somos verdaderamente, sepultados entre una hojarasca de convenciones sociales y sobornos admitidos. Algunas personas tienen la desgracia de descubrir quiénes son de forma traumática: el día en que se quedan sin trabajo, el día en que entierran a una persona muy querida o sufren una traición, el día en que les diagnostican una enfermedad incurable. Otras, por el contrario, tienen la fortuna de saber quiénes son de forma jubilosa: el día en que alumbran una nueva vida, el día en que al fin se liberan de una carga opresora, el día en que cambia su suerte y pueden desprenderse de los simulacros y servidumbres que atenazaban sus días. Las más de las veces, ese ‘momento de la verdad’ se produce en nuestras postrimerías: de repente, ante la muerte igualadora, todas las máscaras caen y asumimos al fin -a veces con serenidad, a veces con angustia- lo que somos.

Pero, para asumir quiénes somos, necesitamos despojarnos y echar a barato todas las prevenciones que nos mantienen apegados a las comodidades de una vida falsa o impostada. Y, puesto que vivimos en una época de falsedades e imposturas, el espectáculo de un hombre «que sabe para siempre quién es» se torna cada vez más raro y escandaloso. Son demasiados los respetos humanos, demasiados los cálculos de conveniencia, demasiados los miedos a pisar callos o a desafiar el espíritu de nuestro tiempo; y ese amasijo de miedos, cálculos y respetos humanos ha cuajado en una argamasa tan espesa que resulta casi imposible salirse de ella, salirnos de ella para mostrar quiénes somos. Todo esto ocurre, misteriosamente, en una época en que se nos dice que somos más libres y se nos invita a ser más ‘auténticos’ que en ninguna otra época de la historia; pero lo cierto es que sólo se acepta como ‘auténtico’ lo que nuestra época ha canonizado o establecido como normativo. Y así, el desfile de ‘autenticidades’ se ha convertido en una tediosa exhibición de conductas promovidas y auspiciadas por quienes mueven los hilos, desde cambiar de cónyuge hasta cambiar de sexo, pasando por la tediosa salida de un armario cuya puerta acabó con los goznes desencajados, de tanto trajín. Pero todas estas ‘autenticidades’, tan aplaudidas y uniformes, nada tienen que ver con ese ‘momento de la verdad’ al que me refiero.

Porque ese ‘momento de la verdad’ exige romper todos los hilos y mandar a la mierda a quienes los mueven, que es exactamente lo contrario de lo que hacen los ‘auténticos’ de nuestro tiempo, tan capaditos y sumisos. Ese ‘momento de la verdad’ exige el despojo y la gallardía que uno ya sólo tiene cuando le ha perdido el miedo a la muerte y, sobre todo, el miedo a la vida; cuando nada tiene que perder ni ganar, cuando ha espantado todas las zozobras y ha renunciado a todas las consolaciones, venciéndose a sí mismo y peleando con Dios durante toda la noche. En estos días, he reflexionado mucho sobre la dificultad y la necesidad de asumir este ‘momento de la verdad’ leyendo a Léon Bloy, un escritor maldito que logró coleccionar el odio de todos los hombres de su tiempo y vivió en matrimonio perpetuo con la pobreza más extrema, despotricando contra todo bicho viviente y ladrando su desconsuelo a Dios, imprecándolo e impetrando su auxilio, como si a un mismo tiempo quisiera retarlo a duelo y requerirlo en amores. Acojona leer a un escritor así, tan carente de cálculo, tan invulnerable al miedo, tan desdeñoso de los respetos humanos, místico y panfletario en cada libro, santo y blasfemo en cada párrafo, mendigo en cada línea del amor divino y de la ira divina, aullante de dolor y de rabia en cada palabra, sudando sangre como Cristo en Getsemaní y escupiendo sangre sobre sus contemporáneos y sobre toda la posteridad, mientras lo vemos morir ante nuestros ojos, haciendo -en fin- de cada instante de su vida el ‘momento de la verdad’.

Tiene que ser agotador vivir así noche y día, noche tras noche y día tras día, en este perpetuo “momento de la verdad”, como vivió el heroico y sufriente Bloy. Pero yo quisiera, ya que no he tenido el valor de vivir como Bloy, poder al menos morir como él, odiado por el mundo después de haberlo vencido y amado por Dios, con quien tantas veces me peleé sin conseguir vencerlo, sin conseguir nunca ganarme su odio.