Jartible, muy jartible

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Yo no sabía que en los cristales del coche se puede poner un tratamiento para que, cuando llueve, no se quede marcado el rastro del agua. Como me informó el amable empleado, ahora muchos coches ya lo llevan de serie, mientras que el mío, que ya tiene unos años, pues no, resulta que no lo lleva. Costaba 40 euros y decidí que no me importaba lo más mínimo si mi parabrisas estaba impoluto y brillante como las copas que salen del lavavajillas en los anuncios, que parece que te vayan a deslumbrar y todo. Hay muchas más cosas que ignoro, pero últimamente, por hache o por be, alguien se ocupa de aclarármelas. El otro día escuché la palabra ‘jartible’ y, cuando dije que no la había oído nunca y que no tenía ni idea de su significado, un coro de personas me informó de que era una palabra (o palabro) que utilizan algunas folclóricas para definir a gente (normalmente los periodistas que las esperan a la puerta de sus cortijos o fincas) de la que están hartas. Al parecer es una palabra que utiliza mucho Isabel Pantoja, creadora también de la expresión «cómprate una vida», que tampoco entiendo qué quiere decir, aunque esto nadie me lo ha aclarado, porque me imagino que ni la propia autora de la expresión sabe lo que es. Y seguro que es de esas expresiones solemnes que hay que pronunciar como si uno masticara pólvora y casi escupirla. En este compendio de cosas que desconozco hay lagunas enormes que solo se pueden comparar con las toneladas de información absolutamente inútil que poseo. Me acuerdo de matrículas de coches que ya no existen y de teléfonos que tampoco. Me acuerdo de mentiras inofensivas pero estúpidas, dichas para evitar decir verdades incómodas, que me seguirán persiguiendo hasta que muera. Me acuerdo de días perdidos en lugares horribles y del olor nauseabundo de una planta de papel en un pueblo de Oregón. Me acuerdo de grupos de folk que grabaron un EP y desparecieron y hasta de cuentos cortos de autores que sólo escribieron un cuento y luego decidieron dedicarse a la cría del armiño. De los gestos de alguien que desapareció de mi vida sin dejar ninguna huella especial, salvo la memoria inútil de un gesto que hacía al agarrarse el lóbulo de la oreja derecha. También me acuerdo de su voz perennemente ronca, resfriada. Me acuerdo de demasiadas cosas que no me importaría olvidar. Me acuerdo de la sensación de incredulidad, pena y estupor que tuve no hace mucho, cuando alguien a quien conozco desde la infancia me dejó de hablar de la noche a la mañana porque le dije que la independencia de Catalunya no me parecía una buena idea y que yo honestamente no podía estar a favor. No me puedo olvidar de esa sensación, no puedo. Y me gustaría. Ya sé que hay cosas mucho más ‘jartibles’. Tantas. Pero yo recuerdo estas.