Amores con púas

REINOS DE HUMO

De entre los bichos feos que se pueden comer, quizá el erizo sea el más radical. Por asociación de fondo y similitud de forma podríamos decir que el más parecido a Dabiz Muñoz. Ante un centollo o una almeja cruda uno puede ponerse de canto, decir sin entusiasmo que no está mal y añadir acto seguido que prefiere las gambas de Huelva. Ante un erizo no hay medias tintas. Una vez superado el recelo atávico que provoca su aspecto a todo no nacido en Cádiz, Asturias o Girona, el sabor que sus gónadas -la parte comestible- deja en la boca o se odia o se ama para la eternidad. A mitad de camino solo se quedan algunas buenas personas que no quieren herir a quienes los convidan. Su sabor marino, yodado y metálico casi queda soldado al paladar con la persistencia del acero. El erizo de mar es de amores rotundos de neorrealismo italiano, de caballos salvajes sin herrar. Julio Camba decía que eran un «hálito de borrasca» y que a su lado la langosta tan solo sabe a galápago. Iniciamos la recta final de la temporada que empezó en noviembre, cuando los ‘playos’ de Gijón esperan con síndrome de abstinencia y preguntan a diario a su sidrero de cabecera, como Armando en la sidrería El Globo, que cuándo llega el oriciu. En Cádiz, los erizos -junto con los ostiones- abren el carnaval en color naranja con la playa de la Caleta al fondo. Los restaurantes de Palafrugell no paran de servir gaironadas mientras a marzo le quedan días. Curiosamente, para la estupefacción colectiva, muchos españolitos han probado por primera vez las yemas del erizo -‘lenguas’ les dicen en Perú-, estiradas sobre un bocado de arroz, en forma de nigiri, en el japonés del barrio.