Supermirafiori

NEUTRAL CORNER

El otro día me acordé del primer cuento que me propuse escribir. Lo iba a titular: Supermirafiori. Por el modelo de Seat que tenía la familia en los años setenta, esos meses de los que tengo un recuerdo confuso y que van de la muerte de Franco al tiovivo en el que me subí durante el cierre de campaña del PSOE en las primeras elecciones. El Supermirafiori, que tenía unas conchas de mar en el pomo de la palanca de cambios, casi le costó la vida a mi padre una vez que salió a correr por El Pardo, cerca de la entrada a Zarzuela, y al regresar se encontró encañonado por metralletas de la Guardia Civil. Resultó que su hijo, o sea yo, había olvidado una pistola de juguete en el asiento trasero.

El cuento iba a narrar el regreso a casa de un hombre. Al personaje iba a colocarlo en la redacción del diario Pueblo, que estaba en la calle Huertas, al lado de una comisaría en la que el hijo del hombre una vez se quedó impresionado porque vio entrar a un tipo que se sujetaba la mejilla demediada por un navajazo. El personaje iba a trabajar en Pueblo hasta tarde, hasta el cierre de la segunda edición. Todas las noches, emprendería viaje en el Supermirafiori hacia la casa familiar ubicada en los bloques recién construidos, todavía blancos, de la Ciudad de los Periodistas, pasado el Barrio del Pilar, ya casi en Mirasierra. Hablamos de una época en la que allí todavía pastaban ovejas. El hombre tendría que remontar entonces el paseo del Prado, Cibeles, Recoletos, Colón, Castellana, en fin, todas las demás plazas que atraviesa esa avenida/espinazo hasta que sale por el norte de la ciudad. Un camino largo. Un tipo solo en el coche. Tiempo para pensar.

Tenía decidido que el hombre subiera al coche con el ardor de un whisky improvisado con algún reportero rezagado en la propia whiskería de Pueblo. En las primeras estaciones del camino, en los primeros semáforos en rojo, quería describir su monólogo interior sobre asuntos domésticos. Iba a comer un chicle para no molestar a su esposa con el olor del whisky en el momento de meterse en la cama. Iba a comprobar que en la guantera estaban los cromos de fútbol que el hijo se encontraría por la mañana al levantarse a desayunar. Iba a tramar algún viaje de fin de semana, por ejemplo a Londres, con el que compensar a su esposa de algún enfado reciente. Se iba a proponer llevar él a los niños al cole, aunque le supusiera madrugar. Últimamente los veía poco y de mal humor. Necesitaba dormir hasta muy tarde y los ruidos se le hacían insoportables.

Quería hacer algo técnicamente complicado. Dar la impresión de que otros pensamientos se le colaban como una interferencia en un teléfono según se acercaba al estadio Bernabéu. En aquella época, la golfería madrileña iba a lo que se dio en llamar la Costa Fleming, por la calle del Doctor Fleming y todos los neones que refulgían en sus alrededores. Casi a su pesar, como si intentara borrárselos de la frente, al hombre se le infiltrarían de repente el pub Acuario, donde a esas horas los atorrantes del periódico estarían calentando para la noche, y otros muchos clubes en los que al personaje lo saludaban por su nombre. Quería describir una tensión que los dibujos animados resuelven colocando al personaje un angelito en un hombro y un demonio en el otro. El hombre de verdad pretendería llegar a casa, besar a su mujer, dejarle al hijo los cromos junto a la almohada. Sabría que no podía permitirse una cagada más sin destruir cuanto tenía en casa. Pero, al mismo tiempo, sentiría una inercia poderosa, casi la llamada de un tam-tam, que lo reclamaría en la Costa Fleming justo cuando las hogueras empezaban a arder.

El clímax iba a ubicarlo en la calle Félix Boix. Si sigue derecho, el hombre atraviesa plaza Castilla y está salvado. Pero pega un volantazo a la derecha y se pierde en las profundidades de aquella otra Via Veneto de Mastroiani.

Iba a hacer que, por la mañana, la esposa mintiera a los hijos explicándoles que papá llegó tarde y aún duerme.