Gallegos brutos

NEUTRAL CORNER

El otro día pasé en coche junto a la plaza de toros, y los hijos, que iban detrás, me preguntaron qué se hacía ahí dentro. Las reacciones fueron distintas. El que suele ponerse una túnica de caballero Jedi quiso saber si a los toros los mataban con espadas láser y si los alzaban en el aire con poderes telepáticos, mientras que el más amigado con animalitos parlantes y peluches se quedó sencillamente estupefacto al averiguar que eso estaba ocurriendo a apenas unas manzanas del lugar donde vivimos. En cualquier caso, todas las reacciones tuvieron algo en común: no lo sabían. Es decir, unos chicos que saben qué sucede en un estadio, en un cine, en el Coliseo de Roma, en un teatro o en un pabellón no sospechaban siquiera una tarde de toros. No la concebían. Más allá de que el hogar donde viven no los impregna precisamente de afición, me llamó la atención que la tauromaquia haya perdido presencia social como para que unos muchachos de Madrid puedan crecer sin llegar a rozarse con ella jamás. Algo impensable con el fútbol. En ese sentido, mis hijos están creciendo como guiris y el día que vayan a los toros por primera vez, si es que lo hacen, sufrirán un choque cultural casi tan intenso como el de un chico de Ohio, cuya diferencia única es que no tiene ninguna posibilidad de que su padre pase con el coche junto a una plaza de toros. Por lo demás, son iguales, porque los chicos de Madrid como los míos conocen a un pívot de los Cleveland Cavaliers mejor que a cualquier torero.

Siempre me ha resultado divertido, por cierto, presenciar la primera vez en los toros de personas culturalmente alejadas de semejante afición. Tengo la impresión de que hay naciones mejor predispuestas que otras, que encuentran asideros culturales para entenderlo, y también que resulta más fácil integrarse a aquellos que no son sólo urbanitas, que han tenido experiencias con el campo. Tal vez porque no han humanizado de la misma manera al animal, sino que lo han mantenido en un espacio social donde no se percibe como un igual en condición y derechos. Por supuesto, los cazadores siempre vieron enseguida la idea del hombre que se mide en semejante desafío y que lo hace además -me dijo uno- renunciando a las ventajas tecnológicas derivadas del invento de la pólvora: algo más cercano al bisonte que disparar un rifle a distancia, algo más honorable. Me recordó la noción medieval de los galantes hombres de espada según la cual el arco era para cobardes: es difícil que un caballero artúrico resuelva un pleito de honor disparando una flecha desde una distancia de seguridad.

He visto gente a la que aquello repugnó. Otra que admiró la doma de un animal salvaje, como si aquello fuera circense y el torero pudiera introducir la cabeza en las fauces del animal con un redoble de tambor. En general, los argentinos, sobre todo los del polo, engancharon mejor con las corridas de rejones por su amor a los caballos y a la monta. Admiraban al jinete por encima de todas las cosas. Aunque el mayor choque cultural fue el que sufrió mi esposa, que es porteña. La única vez que estuvo en los toros, y créanme si les digo que es imposible convencerla de que vuelva a ir, creyó que era una ocasión social parecida al Abierto de Palermo de polo visto desde la conocida como tribuna del champán. O sea, que se vistió de Sex and The City dispuesta a alternar como en los Hamptons. Entramos tarde por el patio del desolladero, vio el reguero de sangre de un arrastre y giró la cabeza justo en el preciso instante en que un toro colgado de un gancho derramaba las tripas y lo llenaba todo de un olor a casquería y muerte. Lo que terminó de doblegarla fue comprobar que tenía una gotita de sangre en los Manolo Blahnik. Una gotita que era como un residuo de barbarie cultural que no había Camfort que lo limpiara. Mientras salía hacia el primer taxi, iba murmurando cosas entre las cuales sólo era posible entender «gallegos brutos».