La mujer del candidato

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Las elecciones francesas son un síntoma más de que, por mucho que queramos hacer como que vivimos tiempos normales, no vivimos tiempos normales. A un lado, Marine Le Pen, madame Frente Nacional (aunque acabe de renunciar a liderar el partido para centrarse en su candidatura), con ideas ultraderechistas que, por mucho que quiera maquillarlas, son reaccionarias, antieuropeístas, rancias y racistas. Al otro, Emmanuel Macron. trabajó para la banca Rostchild antes de ser ministro de Economía, de ideario neoliberal, neocon, neocasitodo y europeísta (algo es algo). Arrinconados los partidos clásicos con candidatos que parecen haber sido escogidos por el peor enemigo de la democracia: Fillon, acusado de corruptelas que se empeña en negar, pese a las pruebas, con la soberbia del que se cree por encima de todo; Hamon, un hombre gris al que le ha tocado la peor papeleta de todos los tiempos; y Melenchon, representante de la Francia insumisa, teóricamente de izquierdas, pero con un programa con peligrosos paralelismos con el de Marine Le Pen.
Una se agarra a lo que puede ante el horror. reconozco que, a simple vista, lo que más (por no decir lo único que) me gusta del candidato a la Presidencia de Francia, Macron, es su mujer, Brigitte. Y que, aunque parezca frívolo, el hecho de que el tipo, contra todos los convencionalismos, luchara por conquistar a su profesora de francés, una mujer casada con hijos (y ahora nietos), me da ciertas esperanzas sobre el talante de un tipo que, de otro modo, así, a primera vista, sería un tiburón más de la banca dispuesto a comerse el mundo: un Sarkozy más joven y menos correoso. Al menos, la manera que tienen ambos de llevar su relación es sorprendentemente honesta. Sí, parecen decir, nos separan 27 años, ¿y qué? Los periódicos y revistas franceses, y pronto los de todo el mundo, están llenos de fotos de la pareja paseando, de Emmanuel Macron dando el biberón a uno de los nietos de su mujer, del recompuesto grupo familiar, donde los hijos de ella colaboran y tienen (al menos de cara a la galería) una excelente relación con él. Es un claro progreso frente a Hollande y sus líos y Sarkozy, casándose en un tiempo récord (dos meses después de conocerla) con Carla Bruni.

Resultaría impensable en cualquier otro país del mundo que un jefe de Estado tuviera una esposa nada menos que 27 años mayor que él. Donald Trump, sin ir más lejos, tiene 70 años; Melania Trump, 46. A nadie se le ocurre que su relación no sea adecuada, desde luego nadie comenta su diferencia de edad. Si examinamos las edades de todos los mandatarios del mundo, veremos que sus compañeras son siempre menores que ellos. Evidentemente, los adversarios políticos de Macron, no sólo en Francia, sino en todo el mundo, ya han empezado a meterse con una saña impresionante con la diferencia de edad entre ellos. En la prensa inglesa, desde el Daily Mail hasta The Guardian, hay maliciosos artículos de opinión que, en vez de criticar al candidato por sus ideas o sus planes de Gobierno, no tienen otra cosa mejor que hacer que llamarlo «niño de mamá». Crucemos los dedos para que este sea el hombre que gobierne Francia, crucemos los dedos para que una abuela de 66 años sea muy pronto la primera dama.

Y crucemos los dedos para que no se rompa la noche.