En el patio

MI HERMOSA LAVANDERÍA

I. no fumaba desde que tuvo un amago de angina de pecho, pero desde que está aquí no hay día que no le pida a su compañero un cigarrillo y hasta tres. Ha perdido la cuenta de los días que lleva, a veces le parece que es un año, a veces un par de días: nunca antes tuvo la sensación de que el tiempo es un chicle infinito, que está metido en un bucle que no cesa de empezar, que nunca parece acabar. Tiene los nervios a flor de piel y le asusta cualquier ruido: las puertas que chirrían, el ruido de los pasos de los guardias en el pasillo, los gritos estentóreos que a veces rompen la quietud de la noche. Esa noche que se le hace eterna, a él que antes se jactaba de, pasara lo que pasara, dormir a pierna suelta. Ha perdido el apetito y no es que le parezca mal la comida, es que se le cierra el estómago sólo de ver a los que cocinan, el olor de las alubias, y la carne con salsa lo marea y la visión de los yogures de marca blanca lo deprime especialmente. Se siente cansado todo el rato, sin energía, especialmente porque tiene que fingir que no pasa nada, que no le pasa nada, que esto, la cárcel, las acusaciones, los juicios que le esperan, no va con él. «Sobre todo, que no te noten débil, sonríe, estrecha las manos de los que te la ofrezcan, sé educado con los guardias, muy educado», le dijo un antiguo colega que había pasado por el mismo trance. «Y no te comas la cabeza, lo hecho hecho está, pudiste trincar y lo hiciste, cualquiera lo hubiera hecho en tu lugar. cualquiera, que no se te olvide». Esta noche, durante el par de horas en que se quedó dormido, tuvo una horrible pesadilla que apenas recuerda, pero que le ha dejado un poso amargo todo el día: algo relacionado con un museo en el que se exhibían instrumentos de tortura, y una mujer, cuyo rostro no podía distinguir, que le iba mostrando todos los siniestros artefactos hasta llegar a uno, del que salía una voz no menos siniestra que decía: «Este está preparado para ti». Aunque intenta no pensar, ve con la misma claridad con que un jugador en el casino rememora la última jugada que debió ahorrarse, que llegó demasiado lejos. Que hubo un momento, quizás cinco años atrás, cuando tuvo la oportunidad de parar y, aunque ya le sobraba el dinero, no lo hizo. No pensar, tiene que dejar de pensar. Escribir una lista de las cosas que hará cuando salga. Irse muy lejos de aquí. Cuando salga. Todos los sitios en los que él y su mujer y las niñas pasarán unas largas vacaciones. Irse para siempre, quizás. No volver a este país ingrato. El dinero que ha escondido y que nunca encontrarán será más que suficiente. Ahora hay que salir al patio, que es el momento que más odia del día. Toda esa gente con chándal y zapatillas malolientes, toda esa gente que si pudiera le partirían la cara o le clavarían una navaja o algo peor.

Hace sol y hay hombres apoyados en el muro gris del patio que fuman en silencio, con los ojos cerrados hacia él. Eso hará, pero antes le pide un cigarrillo a un hombre de su quinta, cuyo rostro le suena vagamente familiar. El hombre le da un cigarrillo, sin apenas mirarle. Cuando le pide fuego, cae en la cuenta de quién es. Ambos pronuncian el nombre del otro «Jordi», «Ignacio».

Fuman juntos, apoyados en el muro gris. Unas nubes han tapado el sol y los dos miran arriba expectantes, esperando que las nubes se vayan. No ven venir las piedras impregnadas de mierda que les alcanzan la cabeza. Y casi ni oyen las risas de sus compañeros en chándal de Soto del Real.