‘Terra incognita’

NEUTRAL CORNER

Siempre fui lector de novelas de aventuras. Y también un admirador de los exploradores. Soy consciente de que, al decir ‘exploradores’, casi todos los lectores, ahormados por la cultura sajona, pensarán en aguerridos nobles victorianos tocados con un sombrero salacot que luchan con pigmeos y descubren fuentes del Nilo y en su casa de campo en Essex son atendidos por un mayordomo indio que combatió a su lado en el Khyber e igual hasta les salvó la vida. Pero los exploradores que yo admiro son los de la Conquista, desde Núñez de Balboa a Hernán Cortés, pasando por Cabeza de Vaca y sus once años entre los semínolas. Autores españoles de hazañas sin parangón que fueron sepultadas en el olvido por la relación traumática que los españoles tenemos con nuestra historia, por la hegemonía cultural sajona e incluso por la aceptación de las diferentes «leyendas negras» con las que los enemigos del Imperio agredieron, en tiempo de guerra, la impronta española a través de los siglos.

Pero el artículo no va de eso. Va de mi fascinación por el concepto de terra incognita: esa zona sombreada de los mapas antiguos, pletórica de misterios, que aguardaba a que alguien la explorara y cartografiara. Los hombres saltaron al espacio cuando descubrieron que tenían todos los mapas terrestres terminados y su espíritu no se resignaba a vivir sin ninguna terra incognita.

En los viajes que uno hace, el margen de exploración es escaso. Al menos, los que uno hace por carretera, entre Castilla y el Cantábrico, por Extremadura y Andalucía, con pocas posibilidades de toparse con la terrible tribu de los reductores de cabezas. Como mucho hay harpías y circes dudosas, anunciadas por tremendos fogonazos de neón que tampoco son tan tentadores como para andar atándose al mástil. No. El destino no puso a nuestro alcance ninguna terra incognita. De hecho, ya se trate del teléfono móvil o del navegador del coche, resulta que tenemos a nuestra disposición un acopio instantáneo de la cartografía mundial que ya lo habría querido Magallanes. No voy a insistir en la traslación matrimonial que constituye la obediencia a la voz femenina del GPS, que se conoce cada curva, cada bar, cada tramo de autopista sometido a peaje y que, además, impone su criterio con una reiteración a la cual somos vulnerables por nuestra costumbre de resignación a la autoridad. Algún día rematará el GPS una orden llamándonos «imbécil» y será como no haber salido de casa. Pero lo que pretendo hacer notar es el escaso margen de incertidumbre y aventura que nos deja el navegador al iniciar un viaje. Es tan desolador como todas las demás rendiciones domésticas.

Por eso, he tomado una decisión temeraria. ¡No actualizaré el navegador! Esto es vivir como en una saga nórdica, ¿eh?, cuántas emociones. Ni siquiera se trata del enorme placer que puede procurar dejar sin saber qué decir, por primera vez, a la engorrosa voz del GPS. Se trata de algo más profundo. Hace poco, viajé por carretera a Andalucía por primera vez desde que terminaron el nuevo tramo de Despeñaperros -el tramo con el que se han cargado el mérito de cruzar Despeñaperros con una lentitud propicia al asalto por bandoleros: ahora no hay ya siquiera sensación de Despeñaperros-. El caso es que mi navegador no conocía esta obra, me quería llevar por la carretera antigua y se volvió loco. Se desacompasó con el coche, temió que estuviéramos perdidos o muertos y, de repente, fundió la pantalla en una enorme mancha azul sobre la cual, errática, parpadeaba una flechita (nosotros). Mi copiloto no entendió que yo estallara en carcajadas. Tuve que explicarle que, donde él veía un navegador sin actualizar, yo veía otra cosa mucho más hermosa: un mapa confesando una terra incognita. Una zona sombreada.
Algo en lo que acaso fuéramos los primeros hombres blancos en entrar: «Ahora sí que pueden terminar nuestras barbas puestas a secar en la cúspide de una pirámide azteca», le dije. «No tengo barba, papá, tengo siete años», me contestó, algo asustado.