La hora del balance moral

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Es rarísimo que los grandes empresarios hablen con solvencia de valores abstractos y filosóficos. Como los futbolistas, que eluden cualquier posicionamiento social con eso de que se dedican tan solo a meter goles, los hombres de empresa tienden a desvanecerse del debate colectivo para tan solo irrumpir si se trata de hablar de dinero, de ganar dinero, de ganar mucho dinero. Por eso me sorprendió gratamente leer una entrevista con el máximo responsable de Telefónica, la empresa española que renunció a la tilde para convertirse en un agente global de comunicación y tecnología. En ella se expresaba en términos no habituales sobre la necesidad de recuperar una filosofía moral universal que atañera al desarrollo digital, que estableciera unos valores inquebrantables pese a la continua progresión de los medios, la radical velocidad que ha adquirido la vida social y el largo alcance de cada pequeño gesto gracias a la hipertrofia comunicativa.

Hablar de valores y filosofía remite a la parte del expediente académico que nuestros políticos y empresarios decidieron hace dos décadas sabotear. El florecimiento de la escuela de negocios, un oxímoron para los que entienden escuela como formación, requería el desmontaje de todo el aparato humanista salpicado de prevenciones, conocimientos inútiles, sabiduría moral y ejemplo intelectual. Llegar a confundir el crecimiento económico con el crecimiento personal era una meta no declarada, pero sacar del contexto social todos los valores humanísticos era una meta pragmática y ya casi lograda del todo, pese a la resistencia de las personas por encontrarle un sentido profundo a su paso ocasional por el planeta. En este juego de visceral irresponsabilidad, las empresas tecnológicas jugaron su baza interesada. Para ellas, se trataba de exprimir las necesidades tanto culturales como artísticas, desde el entretenimiento básico hasta la compartida conversación global, para adueñarse del negocio como las compañías de tuberías se adueñaron del agua. Al día de hoy, esa amenaza es una realidad y las grandes empresas tecnológicas copan la lista de empresas más rentables en las Bolsas mundiales.

Para lograr esa hazaña fue preciso crear un universo propio donde solo regían reglas nuevas basadas en la popularidad, la prisa y la facilidad de acceso. Todo lo demás estaba de sobra. Incluido el respeto por la propiedad ajena, por la decencia, el pudor, la potencia del ejemplo social, la salvaguarda de la privacidad, del resguardo individual. Una atmósfera de salvaje Oeste se impuso en las redes, donde, en una burda imitación, los nuevos pioneros arrollaron a los pieles rojas para quedarse la tierra de labranza, los pastos, las minas de oro y finalmente la historia, la casa, la sangre. Ahora llega la hora de volver a imponer la ley, pero, como todos sabemos, la ley solo puede ser coercitiva y es la moral la que no requiere de amenazas.

Quizá por todo ello se hace preciso un nuevo concepto filosófico, una recuperación de valores. Pero va a ser complicado, porque el mundo ha recibido una lección continuada de maldad, de quiebra de principios, de renuncia a la ética. Es bueno pensar que incluso los territorios arrasados por las guerras o los incendios algún día recuperan de nuevo el esplendor y la hierba. Lo que sería interesante es contarle con sinceridad a la gente cómo hemos llegado hasta aquí, hasta el terrorismo indiscriminado, la crueldad contra las personas exhibida sin rubor, hasta el insulto y la calumnia como armas de trabajo mediático, el linchamiento, el señalamiento, el acoso. No es un accidente que tantas personas estén colgando en la Red sus palizas a seres acosados, sus asesinatos a sangre fría, sus escupitajos a fallecidos, todo forma parte de un contexto desmoralizado y nihilista. Hemos llegado hasta aquí con la traición a la ley, con la invocación de la fuerza de la fama, el dinero, el éxito y la desvergüenza. Efectivamente, para salir a flote necesitamos recuperar los valores filosóficos de antaño, la apuesta por un futuro común y compartido, pinchar la ínfula del resentimiento y el ‘sálveme yo frente a todos los demás’. Por eso es tan positivo que alguien desde la empresa poderosa mencione la moralidad y por una vez no hinchen los titulares con su balance contable. Tenemos un reto después de procrear tanto desalmado: volver a dotar de alma a nuestro sinvivir.