Sonrisas de una noche de verano

MI HERMOSA LAVANDERÍA

En 1955, después de haber puesto en escena Don Juan, de Molière, y La casa de té de la luna de agosto en el teatro, en Estocolmo, Ingmar Bergman se retiró a descansar a Suiza a un hotel de lujo llamado Monte Veritá, con la idea de escribir un guion de una comedia romántica y ligera. Los Alpes no le atraían lo más mínimo, bien al contrario, le deprimían. Cerca del hotel había un hospital para sifilíticos y Bergman los veía salir a pasear cada mañana, desde la ventana de su habitación. Cuando no podía más del aburrimiento, conducía hasta Milán para escuchar óperas, que tampoco contribuían a elevarle el ánimo. En su biografía, cuenta que en esa época padecía insomnio y que se planteaba a menudo la posibilidad de quitarse la vida. Empezó con desgana a escribir el guion que se había propuesto.

Hay noches de verano en las que sin razón aparente te despiertas empapado en sudor a las tres de la mañana. Te levantas, miras el teléfono, te entretienes mirando las noticias un rato, consultas tus correos, estás incómodo, te colocas otro cojín detrás de la nuca. Te invade una desazón extraña que no se sabe de dónde viene. otras noches ha hecho el mismo calor y has dormido sin problema hasta una hora razonable, pero no esta noche en la que empiezas a pensar si tu buena suerte con los ciclos del sueño se ha acabado. Ninguno de los libros que tienes en la mesilla te atrae especialmente. Te levantas, sales al patio, todo está tranquilo; el aire muy quieto. Parece que hasta los mosquitos están agotados y duermen. Repasas mentalmente la lista interminable de las obligaciones de los próximos días. textos por escribir, correos que devolver, mudanzas, traslados, viajes, recados, encuentros, llamadas, médicos. Nada es especialmente grave ni urgente, aunque en la nebulosa del insomnio todo se agranda y se complica y se tuerce antes de haber empezado. Uno de los grandes consejos que alguien me dio para combatir el insomnio es no hacer nada. dejar la mente en blanco en un estado próximo a la meditación. Lo que antes se llamaba contar corderos, algo que siempre me ha costado mucho, porque empiezo a pensar en el acto físico de contar corderos y me los imagino con sus balidos y sus lanas colgando y sus caras aviesas, y ya no me funciona el truco.

Decido poner un DVD en mi maltrecho reproductor. Es curioso como, todavía, un acto físico tan tonto como meter un disco en un aparato a la hora de ver una película me sigue pareciendo mejor, más humano, menos raro que el streaming. Cómo se agarra uno a estos pequeños actos atávicos, cómo… Es una película de Ingmar Bergman en blanco y negro que viste hace muchísimos años y que apenas recuerdas. En la pantalla, un rondó amoroso, divertido, sensual y poético te hace olvidar el insomnio y bendecir el momento en que Bergman combatió el suyo escribiendo esta bellísima película. Sonrisas de una noche de verano.