Una visión, una lección

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Amenudo la gente se cuestiona la importancia de la política en el avance cultural y social de una nación. Es difícil responder, porque la influencia política es de una enorme flexibilidad y a gobiernos lamentables les puede corresponder un desarrollo social tremendo. Ha habido ejemplos de ello, hasta el punto de que en algunos paréntesis de desgobierno y falta de un poder político claro España avanzó con gran destreza. Esto se debe a que hay algo mucho más hondo en el desarrollo nacional, que es la responsabilidad del capital sobre ese avance del país. Ha sido dramático en la última década y explica el retroceso de España en algunos aspectos de las artes, la tecnología, la ciencia y la educación. La conclusión es sencilla, el dinero está en las manos equivocadas. Pero no tanto el dinero privado, que tiene derecho a moverse con el capricho de sus dueños y la mayor o menor implicación de éstos en el desarrollo del país, sino el dinero institucional. Fondos, oficinas estatales, órganos locales y, sobre todo, televisiones y empresas públicas han sido, en muchos casos, tomadas por el amiguismo político o, sencillamente, la mediocridad, y en lugar de generar oportunidades han eternizado la mendicidad y la falta de sustancia.

Un ejemplo de ello fue el pasado Festival de Eurovisión. Ha pasado el suficiente tiempo para que reflexionar sobre ese concurso de canciones ya no sea culpabilizar a individuos. Mucho menos practicar ese deporte tan español de ponerse de lado de nuestro concursante a niveles casi demenciales para luego abandonarlo y humillarlo públicamente si fracasa. No, la reflexión debería ir un poco más allá. Es importante para los jóvenes aspirantes extraer una lección. En el caso español, una vez más, la canción fue dirigida, definida y lanzada por los canales estatales de música y televisión, que más o menos simulan una elección. Pero ni en el estilo musical ni en el concepto permiten salirse de su murga insustancial, la que caracteriza sus programas concurso de cantantes y que ha venido a sumarse a la ausencia de verdaderos programas musicales y al fraude de espacios con música en la noche que fomentaron también los canales privados de tele y ahora investigados en sede judicial.

La participación española consistió en diseñar perfectamente todo lo que se consideraba obvio para ganar. Comercialidad, belleza física, ritmos importados, fraseo en inglés. Una serie inacabable de paradigmas del pop de consumo manipulados por esos órganos de poder y decisión carentes de creatividad y talento. Pues quedamos los últimos. Sin embargo, un país vecino, Portugal, apostó por la personalidad, el gusto, el riesgo individual, la calidad compositiva, la lengua propia, una estética contraria a las imposiciones y una humildad expositiva que se basara en el talento comunicador. El resultado: ganaron. Es un ejemplo transparente de cómo España invierte equivocadamente los esfuerzos públicos en la nada, una prodigiosa muestra, por lo clara de ver, de que el dinero colectivo del país está en las manos de unos cretinos sin ninguna capacidad de servir de apoyo al talento y la creatividad que desbordan algunos jóvenes de nuestro país.

Esta lección portuguesa queda circunscrita al territorio de esa nadería de un concurso de canciones populares. Pero si uno mira en esa misma dirección, les desbordarán los ejemplos del mediocre camino que España toma en tantas decisiones que presentamos a festivales, muestras, exposiciones, concursos científicos y demás posibilidades internaciones de enseñar algo de lo mejor que podemos hacer. La equivocación de poner en las manos erróneas los recursos del desarrollo español recae sobre los políticos, que tienden a apropiarse de cada rincón con fondos, pero también sobre una sociedad que no demanda excelencia, que no exige rendir cuentas, que no castiga la mediocre programación pública, que es incapaz de asumir riesgos creativos, que solo aplaude el éxito fácil y ramplón. A veces, con discernir mejor cómo se emplean los recursos públicos y dónde se pone el acento en la exhibición, comercialización y producción, bastaría para que España diera ese salto cualitativo que a menudo boicotea con su falta de visión, su apuesta por lo zoquete y mediocre. Esta ausencia de juicio provoca que no sepamos ver dónde nacen los defectos concretos que luego se convierten en dramas nacionales.