La maldición ‘sexy’

PEQUEÑAS INFAMIAS

Lás previsible que el retorno de oscuras golondrinas. Más pertinaz que el posado de Ana Obregón en bikini o que la canción del verano, por esas fechas yo los castigo a todos ustedes con mi anual artículo sobre el tempus fugit. O lo que es lo mismo, con mis reflexiones sobre la huida de la juventud, la llegada de las arrugas, la entronización de las canas, de los michelines y de la papada de pollo. No lo puedo evitar. Cada vez que llega agosto, a mí me da por filosofar y de manera tan pesimista que Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche a mi lado parecen La Alegría de la Huerta, La Revoltosa y la Verbena de la Paloma. Y todo porque se acerca mi cumpleaños. Nunca me han gustado los cumpleaños, ni siquiera cuando era pequeña. El mío es el 13 de este mes, cuando ya no hay colegio, de modo que, de niña, siempre me quedaba sin fiesta con mis compañeros de clase. Tampoco recibía felicitaciones o regalos, apenas algunos, los de mi familia, porque los amigos solían estar lejos y no existían los móviles, menos aún WhatsApp o Facebook. Las cosas son diferentes ahora, estamos más conectados -demasiado a veces-, pero qué quieren que les diga, a mí me ha quedado desde entonces el Sentimiento Trágico de los Cumpleaños. Y a paliarlo no ayuda precisamente que cada año se afiance más cierto sagrado mandamiento que se ha instaurado en nuestras vidas, la irrenunciable necesidad de ser sexy. Bobadas, dirán ustedes, hay cosas mucho más importantes, como gozar de una vida sentimental plena, por ejemplo, ser un profesional de éxito, tener salud o ser, simplemente, feliz. Cierto, pero a poco que uno reflexione verá que todas estas situaciones están diabólicamente relacionadas, o al menos potenciadas, por el hecho de ser una persona atractiva. Admite poca discusión que uno tiene más posibilidades de enamorar si se tiene cierto tirón sexual, pero ahora se sabe estadísticamente que una buena presencia puntúa a la hora de encontrar ciertos empleos. En cuanto a la salud, quien cuida su cuerpo cuida también su estética. ¿Y qué decir de la felicidad? Mirarse al espejo y verse guapa o guapo hace milagros por la autoestima. Visto lo visto, no es de extrañar que todo bicho viviente quiera ser guapo, pero como eso no es posible en todos los casos, ser al menos sexy. Lo quieren ser las niñas que ya desde los diez años se visten como si tuvieran dieciocho; lo quieren los niños que intentan emular a Cristiano Ronaldo, y no solo con el balón, sino también con la tableta de chocolate; lo quieren los jóvenes, los menos jóvenes, los maduros, y la fiebre ha llegado hasta los viejos. Por eso yo -que voy a cumplir esa terrible edad a la que cantaban los Beatles preguntándose eso de «¿Aún me necesitarás, aún me alimentarás cuando tenga sesenta y cuatro?»- he estado haciendo un poco de investigación de campo y mirando a mi alrededor para ver qué hacen, cómo se comportan y cómo se visten las viejas de mi edad. Y he encontrado dos modelos: las de la onda Sophia Loren o Cher (escote generoso y cuerpo ceñido como un salchichón) y las de la onda Jane Fonda y Céline Dion, más recatadas. Como Loren y Fonda andan un poco desaparecidas últimamente, me he concentrado en Cher y Dion. Al principio, la elección me parece obvia. Entre Cher, con sus setenta y un añazos, embutida en el mismo trikini transparente de hace dos décadas, y Celine, muy elegante en un vestido negro palabra de honor, ya sé a quién prefiero parecerme. Hasta que se produce el cortocircuito. Se ve que la venta de discos no le va del todo bien porque, googleándola, me la encuentro bajo este titular: «Céline Dion la monta desnudándose en Instagram». Y allí está ella, en efecto, sentada en una silla, contorsionada como un gusano, para que no se le vea nada mientras que lo que sí se puede ver -unos brazos arrugados, unas rodillas viejunas y unas carnes trémulas- no es nada atractivo. Por lo visto, Céline ha capitalizado muy bien su desnudo y vendido un montón de discos. Pero yo, al ver en la foto su cara de ‘servidora no quería pero…’, me pregunto si las de nuestra edad no eran más felices antes, compitiendo por ver quién hacía la mejor tarta de manzana y no -oxímoron imposible- por ser la abuela más sexy.