La herencia social

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Al cumplirse este año el paso a dominio público de los derechos de autor de todos los fallecidos en 1936, dos glorias inmortales como García Lorca y Valle-Inclán se ven obligados a cumplir con rigurosa puntualidad las limitaciones a la extensión de la propiedad. Sus familiares, que hasta ahora podían disfrutar de las pequeñas rentas de las ventas de ejemplares de sus libros y de la explotación teatral de sus obras, ven así esfumarse en favor del interés público lo que hasta ahora era una propiedad. No existe nada más hermoso que ese momento. Un autor, su empeño literario e intelectual, reconvertido en una propiedad colectiva, en el gratuito disfrute de la sociedad. Y si esta transferencia nos parece no solo justa sino hermosa, lo raro es que no nos hayamos planteado si no debería enfocarse de la misma forma el resto de herencias. Parece raro que un poema de Lorca o una pieza de Valle-Inclán tengan un tratamiento distinto a un palacete o unas acciones en una petroquímica.

Desde hace tiempo, los economistas andan especulando con el modo de solventar los problemas agravados de la desigualdad. En la última década, con la explosión del mercado financiero global y la perfeccionada rentabilidad de las inversiones en Bolsa, el dinero ha ido a parar a manos del dinero con cada vez mayor terquedad. Las grandes fortunas son cada vez más grandes y las grandes empresas cada vez más dominantes. Al mismo tiempo, las clases medias han perdido poder adquisitivo y la fractura social se ha ampliado en todos los países. La desigualdad de raíz es el gran enemigo de la democracia, porque hace imposible un sistema de garantías y derechos cuando están privatizados la mayoría de sectores y el acceso a ellos se sostiene en la capacidad de pago de las personas. La renta básica universal ha venido a proponerse como la solución mágica. Si todo el mundo recibe un salario mínimo por el hecho mismo de existir, podría alcanzarse al menos un escalón de dignidad para todos. Pero la sospecha de que el pago sería insostenible y la posibilidad de que esa cantidad se desvalorice cuando se aplique, dejando a la sociedad en el mismo lugar en el que estaba pero con los Estados descapitalizados, nos hace sospechar que quizá no sea la solución definitiva, sino un parche puntual o un pensamiento mágico.

En cambio, la pérdida de los derechos de autor de los autores al cumplirse 80 años de su muerte nos ofrece una dirección sobre la que trabajar. Limitar los derechos de herencia tanto en propiedades como en dinero y acciones, podría ser una solución mucho más sana para las sociedades del futuro. No tiene sentido que una familia herede cantidades ingentes de dinero y propiedades, en lugar de poner un límite amplio y razonable a partir del cual esa fortuna vuelva al conjunto de la sociedad. De este modo, los herederos directos seguirían disfrutando del esfuerzo de sus padres y antecesores, pero con unas limitaciones que eviten la perpetuidad de los privilegios de clase. Estableciendo unas limitaciones en las cantidades que pueden heredarse y dejando que el Estado reciba el resto y lo ponga en circulación de nuevo, estaríamos por un lado contribuyendo a la igualdad sin causar un agravio y permitiendo al Estado financiarse para emprender el reto de la sociedad de bienestar sin ir a la quiebra.

Si los autores literarios y musicales aceptan el designio de las leyes que niegan a sus descendientes la propiedad pasado un tiempo, también los empresarios y las grandes fortunas podrían con la misma dignidad aceptar que se estudie el paso de sus fondos a dominio público después de su muerte, y siempre y cuando quede garantizada la solvencia de sus herederos directos. El impuesto de sucesiones podría así desarrollarse de manera más pragmática y no seguir implantándose de modo tan irregular, con incluso diferencias sustanciales entre las cantidades que se pagan en regiones de un mismo Estado. Los familiares de Valle-Inclán o de Lorca ya han disfrutado de la mercantilización del talento de sus predecesores y ahora ven cómo esa riqueza revierte en la sociedad, así tantos y tantos esfuerzos personales podrían terminar también por revertir más lejos del núcleo de herederos directos, en el conjunto del país.