Érase una vez en Hollywood

MI HERMOSA LAVANDERÍA

La primera vez que fui a Los Angeles, me pasé todo un día intentando encontrar el camino a la colina donde estaban las letras de ‘Hollywood’ sin conseguirlo. Creo que ese es el paradigma de mi vida en California. Buscar, sin saber muy bien por qué, algo que todo el mundo admira y busca. Algo que todo el mundo ha visto o cree haber visto y acabar en Mulholland Drive en una fiesta en un jardín demasiado grande para explorar en una noche, en casa de amables desconocidos millonarios, que te sonríen sin conocerte, mientras le piden a la camarera salvadoreña de la que ignoran el nombre que te sirva un plato de carna asada y mazorcas empapadas en sal y mantequilla.

He vivido en Los Angeles en muchos momentos, he aprendido a conducir allí, he visto a Billy Wilder comer sopa poco antes de morir, he ido en descapotable con Dennis Hopper, he pasado ocho meses postproduciendo una película, viviendo a cuerpo de rey, y he pasado también tiempos difíciles en Venice Beach, en un minúsculo y húmedo apartamento lleno de chinches, sin coche y sin dinero; he bebido bourbon con Seymour Cassel en el bar donde escribía John Cassavetes y he ido a más reuniones absurdas de las que puedo recordar. En la última, no hace ni un año, no pude evitar un ataque de hilaridad al mirar los posters del despacho del productor: era la mayor colección de malas películas reunidas que he visto nunca. Una de ellas había costado más de 90 millones de dólares y había recaudado menos de 9.

Reuniones absurdas no es una exageración. En eso gasta la energía la población de esta ciudad. Hablar en comité de algo que todos sabemos que no va a pasar, con la vehemencia del convencido de que sí va a pasar. Todos esos cafés para llevar. Toda esa agua embotellada. Toda esa saliva desperdiciada. Esos proyectos que no van a ninguna parte y que deben estar vagando en alguna nube gris perdida en la que yacen los proyectos más extraños que un día alguien creyó fascinantes hasta que dejó de creerlo y pasó a otra cosa. A veces miro al cielo y creo ver esa nube. Me sonríe burlona y yo le devuelvo la sonrisa. Nos conocemos.

He ‘amadodiado’ la ciudad con una ambivalencia infantil que todavía me sonroja. Los Angeles me fascina, pero nunca la he encontrado una ciudad especialmente inspiradora. esa luz uniforme y cegadora me anula y me idiotiza, todo lo contrario de lo que me ocurre con New York, que es eléctrica y tremendamente real.

Hollywood está lleno de gente que sonríe, medita y pasea con colchones de yoga, pero que vendería a su madre por un contrato. Debajo de las sonrisas y las miradas benévolas, y del ‘amazing’ interés en tu persona, se esconden almas sin escrúpulos de ningún tipo, que huelen a desesperación. Entiendo perfectamente que Faulkner o Raymond Chandler se entregaran a la bebida en esta ciudad de oropel y showbusiness y aparcacoches con tres guiones debajo del brazo. Me alegro de haber escapado a tiempo y de haber olvidado en mi apartamento alquilado de La Brea la colchoneta de yoga junto con los ‘memos’ de Irving Thalberg y un ejemplar de El día de la langosta.