El buen vecino

NEUTRAL CORNER

El señor López padeció durante siete minutos y catorce segundos el tormento de descubrirse odiado por los vecinos de su barrio. No lo podía comprender. Porque el señor López vivía allí desde hacía más de treinta años dedicados a convertirse en el arquetipo del vecino ideal, solícito, saludador, auxiliador, siempre dipuesto a empujar un coche averiado, a prestar la segadora, a desordenar el pelo de los niños antes de ofrecerles un dulce, a soportar el peso de las bolsas de la compra. Podríamos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que el señor López era un hombre querido en la comunidad de El Encinar. Alrededor del señor López, había ido floreciendo un barrio residencial de cercas blancas y césped recién regado, muy gringo, poblado poco a poco por matrimonios bien establecidos, de los de hijos y mascotas igualmente peinados a raya y lustrosos. Por las aceras proliferaban, temprano cada día, corredores con fosforescencias de Nike y empleadas de servidumbre de las de cofia y mandil que sacaban los perros a pasear. Luego todo se llenaba de escolares conducidos al colegio por un progenitor ya trajeado para no desentonar en los rigores burocráticos del centro.

También el señor López trabajaba en el centro. En una notaría en la cual desempeñaba su oficio con un sentido de la corrección casi abrumador de tan ordenancista. Jamás había hecho algo reprobable. Conocía las circunstancias personales de cada uno de sus empleados, de forma que si había un hijo enfermo, o una obra en curso, o un inconveniente doméstico cualquiera, el señor López jamás olvidaba preguntar y ayudar en lo posible. Podríamos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que el señor López era un hombre querido en la comunidad de la notaría, y en los bares y los restaurantes de menú casero situados en el mismo barrio, así como en un par de librerías y en el casino de la ciudad, adonde el señor López acudía de vez en cuando, con auténtico espíritu ateneísta, para escuchar conferencias y terciar en lo posible en los apasionados debates llenos de preocupación a la española.

Sólo una… cómo decirlo… ¿excentricidad?… se le conocía al señor López, y era la de la prolijidad dandi de su aspecto, algo anacrónico, algo Wilde emergiendo de la bruma. Se hacía la manicura, usaba gabanes, sombreros y bastones de empuñadura de plata con los que jugueteaba fantaseándose un lord. Cada mañana, cuando abría la puerta de su casa, le gustaba sentir que, así vestido, hacía una gran aparición que ya constituía uno de los espectáculos oficiales del barrio residencial. De hecho, todos los que pasaban lo saludaban, y el señor López estaba convencido de que los niños del abogado del chalé número 34, cuando no salían sincronizados, obligaban a su padre a demorar unos instantes el arranque del coche para no perderse la aparición del señor López, todos con la nariz pegada al cristal.

La mañana en que fue odiado durante siete minutos y catorce segundos, el señor López salió con gabán por primera vez esa temporada, ya que el otoño estaba avanzado. Disfrutó de la sensación, saludó a un lado y a otro, guiñó un ojo a los hijos del abogado, saludó a la mucama filipina que se disponía a pasear el perro de los vecinos colindantes. Luego arrancó el coche, enfiló la calle hacia el centro. Fue cuando se produjo su conmoción. La gente lo insultaba, le hacía aspavientos, ponía caras de horror a su paso. Ocurrió cuando atravesó los cafés del centro comercial, los aledaños de la estación, incluso cuando enfiló la autopista, donde tanto le ‘claxonaban’ que decidió parar. El señor López no se había dado cuenta de que la mucama de los vecinos tuvo que regresar a por las bolsitas de la caca y no se le ocurrió nada mejor que atar el perro al parachoques de su coche. Lo arrastró, como Aquiles al cadáver de Héctor, durante siete minutos y catorce segundos que siempre serán recordados como los más espantosos de un grato barrio residencial en uno de cuyos chalés ha sido clavado un cartel de ‘Se vende’.