‘Bienquedas’

ANIMALES DE COMPAÑÍA

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán», leemos en cierto pasaje evangélico. Pero hoy estamos acostumbrados a escuchar palabras que se lleva el viento, palabras cambiantes que donde hoy dicen digo mañana dicen Diego, que donde hoy defienden una cosa defienden mañana la contraria. O que, incluso, defienden una cosa y la contraria simultáneamente, sin despeinarse siquiera. San Agustín nos enseñaba en sus Confesiones que el alma no halla descanso en las cosas que no son firmes; pero el hombre moderno ha aceptado servilmente sobrevivir en la inestabilidad de las cosas y en la mutación constante de los pensamientos, aunque su alma no pueda reposar. Nuestros líderes políticos se han acostumbrado a soltar palabras que al día siguiente alteran impunemente sin que nadie les pida cuentas; y nuestros intelectuales son zascandiles que profieren delicuescencias muy eufónicas, sin más propósito que adular al espíritu de su época, para poder seguir mamando de la teta (o, a ser posible, de todas las tetas habidas y por haber, como enseguida explicaremos).

Por supuesto, no pretendemos negar a nuestros intelectuales su derecho a evolucionar. No nos chupamos el dedo; y sabemos que, para el hombre contemporáneo, no hay otra verdad que la que existe dentro de un sistema o ideología. Un intelectual puede arrepentirse de su juventud comunista y hacerse liberal en su madurez, o viceversa; casi siempre (no nos engañemos) para mamar de una teta más próvida, aunque no negaremos que puedan darse casos excepcionales de conversiones sinceras. Tampoco pretendemos negar el derecho del intelectual a ser incongruente. Algunos de los escritores que más admiramos fueron contradicciones andantes, sufrientes y hasta vociferantes. Así ocurre, por ejemplo, con nuestro admirado Unamuno, cuyos juicios con frecuencia anulaban otros juicios suyos anteriores, cuyas fantasías contrarrestaban a menudo sus realismos (y viceversa), cuyas excentricidades invalidaban sus momentos de buen sentido, cuyas sinrazones se alzaban sobre sus razones. Sus ideas, que eran catarsis de su alma atribulada, estaban al servicio de sus estados de ánimo. Pero sus incongruencias no las guiaba el interés, ni el afán por congraciarse con su época, ni el ansia de aplauso mundano, sino una desgarradora y sincera búsqueda de sentido que a veces lo obligaba a las cabriolas y contorsiones intelectuales más desaforadas.

El fenómeno al que me refiero, tan frecuente entre los intelectuales de nuestra época, es de una naturaleza bien distinta. Es hijo del movilismo, que tal vez sea el rasgo más característico de la civilización moderna; y está inspirado por el cálculo, la cobardía moral y la falta de escrúpulos. El movilismo pretende que todo lo que existe se halla en constante fase de mutación y es infinitamente voluble en el tiempo; y establece que el fin del pensamiento no es la verdad, sino la opinión fluctuante. El cálculo, la cobardía moral y la falta de escrúpulos hacen el resto, logrando que esa opinión fluctuante nunca exprese ninguna convicción auténtica, sino vistosas y sonoras naderías que a nadie disgustan ni perturban, consensos fofos y paparruchescos que en otras épocas de nuestra historia reciente -la época de Unamuno, sin ir más lejos- hubiesen causado el descrédito fulminante de estos personajillos, que en cambio nuestra época corrompida agasaja, porque acarician las orejas y a la vez aturden con su cháchara inepta a las masas cretinizadas, impidiendo que puedan oírse otras voces más valiosas y valerosas.

Entre todas estas formas de charlatanería movilista que nuestra época exalta, ninguna tan desternillante como la variante que podríamos denominar incongruencia simultánea, donde el gurú intelectual ‘bienqueda’ prueba a decir una cosa y la contraria en la misma frase. Así, por ejemplo, en nuestra época es posible declararse a un tiempo partidario de la Segunda República y de la Transición (¿se imaginan a Unamuno declarándose en una misma frase partidario de la Primera República y de la Restauración?); lo que sin duda garantiza poder mamar a mansalva de todas las tetas. O se puede afirmar sin sonrojo que es posible conciliar un estado plurinacional con una soberanía única, ignorando que es la declaración de soberanía la que constituye la nación (tal como se entiende en ciencia política, desde las revoluciones liberales).

A quienes proferían estas incongruencias simultáneas en otras épocas los corrían a gorrazos; hoy, cuando ante todo se pretende que las almas se extravíen más fácilmente, estos charlatanes son encumbrados como faros de Occidente. Guiándonos por su luz podremos despeñarnos por el barranco más fácilmente.