¿Y a mí qué me importa?

PEQUEÑAS INFAMIAS

Que en el corazón de cada uno vive -y reina- un voyeur es más que una obviedad. Para algunos oficios, como el de escritor, por ejemplo, serlo es condición indispensable. De hecho, existen dos tipos de escritores: los narcisistas voyeurs de sí mismos y los espías y avistadores de conductas y pasiones ajenas. Sin este mal vicio jamás habríamos conocido a Hamlet, o al Quijote, tampoco a la duquesa de Guermantes, o a Elizabeth Bennet, espejo todo de nuestras grandezas y de nuestras más inefables miserias. Hecha la salvedad, y una vez confesado que yo también me dedico a mirar metafórica -o tal vez no tan metafóricamente- por el ojo de la cerradura, díganme, por favor, por caridad, que no soy la única rara a la que le importa un huito el alarde de exhibicionismo furioso y a la vez completamente inane que nos infesta. En televisión, por ejemplo, anuncian esta semana dos programas que tendrían que alelarme con opio para que aceptase verlos. Uno se llama El puente y, según parece, se trata de un reality en el que unos gachós tienen que construir un puente de no sé qué material y sufriendo todo tipo de penalidades. Mosquitos, derrumbes y, tal como es preceptivo en este tipo de show, infinitos insultos, peleas y vituperios de parte de sus compañeros concursantes. El segundo programa se llama La isla, y en ella, por lo visto, han encerrado a unos individuos cachas con entrenamiento de marines que han de sobrevivir a otras tantas adversidades. Quizá, si este tipo de emisiones no fueran tan clónicas y previsibles, me habría interesado observar a esas esforzadas ratas de laboratorio y comprobar sus reacciones. Pero todos estos programas -ya sean las infinitas versiones de MasterChef como las agotadoras y también infinitas reediciones de Gran Hermano– están guionizados de modo que ya sabe uno todo lo que va a pasar. Unos concursantes se enamorarán haciéndonos testigos de sus efluvios; otros tendrán conflictos (cuanto más escabroso y escatológico, mejor) con sus compañeros de cautiverio. Y por fin, todos, absolutamente todos sin excepción, llorarán y moquearán como plañideras. ¿Por qué? Cualquier razón es buena. Porque se les ha pegado la bechamel, si se trata de un concurso culinario; porque le han robado la foto del novio/novia que atesoraba bajo la almohada mientras él o ella se entregaba al ‘edredoning’; porque en la isla me ha picado una mosca y a ver si va ser la tse-tse… Ante todas estas manifestaciones, como también ante los continuos alardes que puede uno ver en la Red convertidos en trending topic: un tipo que camina por la cornisa de un edificio de ciento veinte pisos cantando Si te vas, yo también me voy; un fulano al que le da por engullir grillos vivos y explicarnos a qué saben; una señora de Bristol que muestra orgullosa las 3456 barbies de todas las razas que forman su colección (el vídeo dura tres cuartos de hora, casi ná)… Ante todo este despliegue de conductas humanas pensadas, supongo, para atraer el ojo ajeno y, de paso, su aprobación -o su miedo y/o repugnancia, que, por lo visto, hoy día viene a ser lo mismo-, lo único que me da por pensar es: ¿y a mí qué me importa? ¿A mí qué más me da lo que hace, come, dice, bebe, llora, patalea, canta o chinga toda esa gente? A continuación, me he preguntado por qué a una voyeur confesa como yo, más aún, por qué a alguien que ha hecho del vicio de observar al prójimo su profesión le interesa poco y nada lo que ve en ese incomparable escaparate de pasiones humanas que son los medios de comunicación. Y he descubierto que me trae al fresco por una razón muy sencilla. Porque todo es mentira. Miente el que come y miente el que dice, miente el que hace y el que sufre y miente hasta el que chinga. Todos representan un papel. Es cierto que en la vida normal fingimos, y mucho, pero uno no miente por mentir, sino para conseguir otros fines que no son la simple y tonta exhibición inane. Por eso tengo la esperanza de que pronto nos cansaremos todos de tanta imbecilidad programada. Observar la vida es muchísimo más interesante que ver lo que hacen todos esos narcisos compulsivos por muy bestia, cruel, exagerado o estúpido que sea.