Fuga de agua periodística

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

No es nuevo, viene de atrás. El primer día en que notamos que los periódicos y televisiones consideraban las redes sociales como agencias de noticias nos echamos a temblar. Fue muy fácil verlo en el mundo del espectáculo y en los deportes. Suelen ser las secciones donde se aceptan las traiciones al periodismo de manera más flagrante. Un día, de pronto, bastaba con que un jugador contara en su mensaje después del partido un destello de su opinión para que se aceptara como declaración periodística. Otro día, la impronta venía asociada a una imagen, una foto del vestuario, una celebración, y sucedía lo mismo, la prensa lo aceptaba y lo expandía como si en aquella acción se pudieran ahorrar el coste de informar, perseguir la noticia y, en una palabra, hacer su trabajo. En el mundo del espectáculo sucedía lo mismo al mismo tiempo. Ya una entrevista o una rueda de prensa eran inútiles, porque un artista consagrado podía permitirse radiar desde la distancia lo que quería que se supiera de él, de su último trabajo, de su vida, de su relación. Algunos periodistas quizá se frotaron las manos pensando que su trabajo se hacía mucho más fácil, unos meses después comenzaron los despidos. Su trabajo ya no era más sencillo, sino que tan solo era ya innecesario.

Probablemente todo esto es una exageración y merecería un análisis mucho más profundo y profesional, pero la impresión es correcta. Todo vino a confirmarse cuando estas acciones y esta manera de informar se trasladaron también a los frentes bélicos, a los sucesos y a la política. La llegada de Trump al poder en Estados Unidos vino a consagrar un canal de noticias novedoso y directo que servía, además, para insultar a los periodistas y desacreditar a sus medios. El político ya podía decir por sus redes sociales lo que necesitaba decir, sin horarios, sin filtros, sin otro esfuerzo que el de teclear sus ocurrencias. La batalla para hacer ver que hemos llegado a una situación espantosa es ahora mucho más dura que si desde el primer día alguien se hubiera dedicado a marcar las distancias entre la chafardería y el periodismo. Nada es inocente y detrás del descrédito de una profesión estaba la búsqueda de una impunidad bien cómoda en la vida pública, una desmesura en la manipulación que ya hemos visto en casos como el de los corruptos del Gobierno madrileño, que pagaban con dinero público a los consabidos profesionales que posicionaban su nombre, lavaban su prestigio y trampeaban en la corrupta ventana a la que se asoma el atontado espectador.

El último episodio no tuvo demasiada trascendencia. Un futbolista estaba a punto de firmar un contrato para dejar el equipo y uno de sus compañeros publicó una foto con el mensaje tranquilizador de que la estrella se quedaba con ellos. Los medios corrieron a situar en portada esta información. Pero la pregunta del millón es si nos encontrábamos ante una información y no una deformación sentimental, una impresión, un chiste, un posado, un no se sabe qué. En esta ocasión el máximo culpable del desaguisado fue la propia profesión. Pero no es tan fácil establecer la línea de demarcación porque los lectores y espectadores tienen una responsabilidad añadida. Los medios no pueden permanecer ajenos a la resonancia de las redes sociales, saldrían perjudicados si no dan cuenta de las incidencias en esos universos paralelos. El error está en no jerarquizar estos impulsos informativos.

Si las imágenes grabadas por móvil sirven para completar cualquier información de atentados o accidentes, no es raro que las redes sociales sirvan para extraer fotos y declaraciones que antes se obtenían por esfuerzo periodístico. Convertidos muchos famosos en paparazis de sí mismos, el resultado final en los medios es una amalgama incomprensible, un aborto informativo donde nadie ha sido capaz de jerarquizar el contenido. Sin demasiada dilación, igual que se obligó a diferenciar la publicidad directa de lo que era contenido informativo, sería bueno que se establecieran mecanismos visuales para identificar lo que es el fruto de un enfoque periodístico y lo que es mera mercancía autopromocional o cotilleo en primera persona. El periodismo está en crisis, pero una parte de su mal está en haber permitido entrar por la puerta principal de su prestigio la decadencia del oficio, la superficialidad y el desatino.