La mirada del zorro

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Tener una casa en el campo es como tener un pariente al que adoramos pero que es incapaz de cuidar de sí mismo y tiene un sinfín de problemas de todo tipo, físicos y mentales, con los que no das abasto. No hablo de una casa en una urbanización, con sus contenedores de basura, sus instalaciones, sus canchas de tenis y su club social. Hablo de una casa en medio de la nada, a la que sólo se llega por una pista forestal, con la tienda más cercana a diez kilómetros.

Esto es lo que ocurre: se cae el techo, las hormigas invaden los baños, hay ratones, arañas, escarabajos, gusanos, polillas y otros bichos de los que no sé el nombre. Cuando no hay un escape de agua, se acaban las bombonas de gas, o hay una filtración que destruye los cimientos y hay que cambiar todo el suelo y suplicar a algún manitas profesional para que se digne venir; en fin, un cuadro. Hay momentos en los que te preguntas en qué estabas pensando cuando se te ocurrió comprar una casa en el lugar menos turístico del planeta, en medio de un secarral al que la gente sólo se acerca por error y que todavía pertenece mayormente al banco que tuvo la peregrina idea de concederte una hipoteca.

No todo es un espanto. Es verdad que la casa tiene sus encantos: hay una tranquilidad absoluta, el calor es muy soportable en verano, la chimenea es muy agradable en invierno, el jardín está lleno de árboles frutales y es imposible aburrirse porque siempre hay algo que hacer, hasta cuando crees que está todo hecho y no tienes el menor deseo de hacer nada. Hay varios perales, un albaricoquero y tres higueras. Los perales están tan cargados de frutas que, después de regalarlas a la familia y a los amigos y vecinos, todavía quedan varios kilos con los que una tarde de verano, tras ver varios tutoriales en YouTube, emulando a la incombustible Martha Stewart, emprendo la titánica tarea de hacer confitura de pera para la que descubro que sólo se necesita limón, azúcar, canela, botes de cristal hervidos, las propias peras y paciencia. Así que me pongo a pelar peras a destajo durante varias horas en el jardín, ahuyentando a moscas y abejas. Cuando termino, corto las peras en trocitos pequeños y las pongo a hervir en una olla, con el limón, la canela y el azúcar moreno a fuego muy bajo. Mientras las peras se van cociendo, llenando la cocina de un olor dulce y fragante, salgo al jardín y veo que se me han caído un par de piezas de fruta en el suelo. Me acerco a recogerlas y en ese momento veo a un zorro gris, famélico, que también se acerca a ellas y empieza a devorarlas, a apenas un metro de mí. Me quedo paralizada. No sé qué hacer, así que no hago nada. El zorro, que debe de estar hambriento, se come toda la fruta que hay en el suelo. Cuando la acaba, se queda un momento mirándome. Es una mirada que no sé descifrar: no sé si quiere algo más, si me desafía, si me da las gracias o si quiere recobrar su territorio. El aire se detiene y nos quedamos un rato así, el zorro gris y yo. Luego se va. Por un instante, entiendo que la casa que a veces maldigo, me da muchas más cosas de las que me quita. Pero se me olvida en cuanto entro en casa y veo que el fuego se ha apagado porque se ha agotado la última bombona.