Que piensen los pies

PALABRERÍA

Mermelada. Merche se enorgullecía del doctorado en Bioquímica y de ser la investigadora principal y directora de un departamento universitario, si bien ningún título le servía para aliviarle el desconcierto que arrastraba desde la infancia: no distinguía la mano derecha de la izquierda. Cada vez que estaba a punto de usar una u otra se detenía y pensaba. A menudo no recordaba si el cuchillo se cogía con la derecha y el tenedor, con la izquierda, o si era al revés. Cuando le sucedía eso, notaba el tiempo espeso y rojo como la mermelada de fresa: ella, con los dos instrumentos en el aire, paralizada, decidiendo cómo atacar el filete. Notaba las miradas incómodas de los demás comensales -aunque nadie se percataba de las intenciones y del acto dubitativo- hasta que bajaba las manos esperando que el cerebro activara el ‘modo rutina’ y supiera qué hacer.


Pedal. Algo similar le ocurría al conducir. Si no pensaba en los pies, estos se movían sobre los pedales según lo enseñado mucho tiempo atrás, con el conocimiento interiorizado por la práctica. Pero si por alguna razón proyectaba la actividad de las extremidades, desbarataba la armonía y dudaba, peligrosamente. Le aterraba accidentarse por culpa de la descoordinación. La izquierda ¿debía posarse sobre el embrague o sobre el acelerador? ¿El freno estaba en medio o a un lado? Se relajaba y permitía que la mente retomara el gobierno. Dejar de pensar para que los pies pensaran por ella.


Mecánica. Por qué un ser instruido titubeaba con las actividades elementales de los pies y las manos? Deducía que era por miedo a los exámenes, pese a que toda su vida la había pasado opositando y concursando. Esas eran otras pruebas, que no requerían de estudio, puesto que se referían a la mecánica humana básica. Y Merche, doctora en Bioquímica, era incompetente.


Viacrucis. El peor momento del año era el examen médico. Se concentraba para no errar. Sudaba al meterse en la cabina para la prueba de los oídos. Cruzaba pitidos y brazos en alto. Al salir, de modo recurrente, le recomendaban la visita urgente al otorrino. Repetía el mismo patrón aberrante cuando los ojos enfocaban el aparato para estudiar la visión. Equivocaba sin querer las letras, y la enfermera, asustada, dudaba de si era prudente dejar que circulara aquella cegata. Cada década, el viacrucis de renovar el carné de conducir y el pasaporte. Incapaz de mantener la bolita en las paralelas, le daban el permiso porque eran gabinetes médicos de broma. En comisaría, le señalaban que colocara la yema del índice en una máquina para registrar la huella dactilar y dejaba la mano en el aire intentando recordar cuál era.


Prestidigitador. La vez que más vergüenza pasó fue durante una sesión de magia en un teatro. El prestidigitador, vestido como un cantante de Abba, pidió una voluntaria y ella, que estaba en una de las primeras filas y en una butaca de pasillo, apretó el culo para fundirse con el asiento. No le sirvió de nada: el mago olió el miedo, hizo que la enfocaran mientras centelleaban las botas de plata, se burló de su expresiva timidez, la subió al escenario entre quejas, arrastrándola casi.


Naipe. La parte del juego en la que Merche participaba era sencilla: solo tenía que elegir una carta. Se decidió por el ocho de picas. Mientras el naipe desaparecía dentro de la baraja, el ocho de picas se esfumaba del pensamiento. El mago con traje brillante falló en la predicción porque cuando sacó el ocho de picas del interior de la bota con alza, Merche dijo que no era esa: «La mía es el cuatro de corazones». Y lo creía de veras. Las risas de los espectadores apedrearon al ilusionista. Ya en casa, la imagen del cuatro de corazones regresó con la violencia de una estrella ninja. Durante la carrera y las oposiciones memorizó miles de páginas y había sido incapaz de pasar una prueba sencilla. Enrojeció hasta que le salieron espinas.