Acentos

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Una de las razones primeras de mi devoción por la lengua española es su deliciosa e inabarcable variedad fonética. Me produce un placer sutilísimo descifrar la procedencia de las personas por su acento; y cuando viajo al otro lado del charco paladeo con delectación aquellos acentos a veces dulces y tímidos, a veces ásperos y aguerridos, que florecieron cuando nuestra lengua se injertó en el enjambre de lenguas que allí se hablaban. En esta bendita variedad de acentos en la que ninguno tiene supremacía sobre otro se prueba el carácter español tradicional. Pues, como decía Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, el rasgo constitutivo de los pueblos hispanos es la «fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, sin negar nunca el valor de su diferencia». Los pueblos hispánicos somos reacios a admitir la superioridad de unas clases sociales sobre otras; en parte, porque amamos el abanico de acentos en los que se despliega nuestra lengua, tan hermoso y colorista como la cola de un pavo real.

Exactamente lo contrario ocurre en el mundo anglosajón, donde el acento establece un orden social jerárquico infinitamente más severo que cualquier sistema de castas. Pemán, cuando trataba de explicarse que una nación tan autoritaria y jerarquizada como Inglaterra hubiese logrado mantener la paz democrática durante siglos, llegaba a la conclusión de que la razón era fonética. Las clases sociales siempre tienden a salirse de sus casillas y a organizar revoluciones; los acentos, en cambio, son menos movedizos y levantiscos. Y cuando los ingleses de clase baja se quieren rebelar, lo primero que tienen que hacer es ponerse a gritar su rebeldía. entonces escuchan su acento y se avergüenzan de él, al compararlo con el acento de Oxford, y se reintegran cabizbajos y mohínos a su casilla social. Así se explicaría que en Inglaterra no haya habido revoluciones dignas de mención desde tiempos de Cromwell; y que las protestas callejeras, pese a los destrozos vandálicos, se disipen siempre como la gaseosa.

Esta divertida boutade de Pemán esconde un meollo de verdad mucho más seria de lo que a simple vista parece. El acento, en el mundo anglosajón, es un eje vertical que consolida un orden social: un acento oxoniense o bostoniano establece una infranqueable jerarquía frente a un acento galés o tejano; en cambio, en el mundo hispánico, los acentos constituyen un eje horizontal en el que valen lo mismo un acento de Andalucía y otro de Aragón, uno del valle del Cauca y otro de la costa pacífica, y la conversación fluye de inmediato en un plano de igualdad. A todo español tradicional (no me refiero a la pobre gente empachada de ideologías modernas) le gusta escuchar todos los acentos y todos le parecen igualmente hermosos, como los cantos de los pájaros, porque todos invitan al requiebro, a la conversación, a la vehemente polémica. Y así (podríamos decir, por imitar la perspicaz boutade de Pemán), a los pueblos hispánicos nos resulta mucho más complicado que a los anglosajones ser formalmente democráticos, porque socialmente lo somos de forma radical, porque vivimos en un impalpable régimen de amistad que no deja apenas sitio para un régimen de democracia legal, que es el traje de gala que se ponen los pueblos autoritarios y jerarquizados. Por eso, en el mundo hispánico el trato puede más que el contrato; por eso las obligaciones de amistad pesan mucho más que las obligaciones jurídicas. Al menos hasta que nos metieron el virus europeísta (o emancipador) y nos destrozaron.

Pero en nuestra ‘horizontalidad fonética’ sigue resistiendo numantinamente el auténtico carácter hispánico, que no entiende las frías abstracciones del derecho político, sino que ve en cada persona una cálida e irrepetible realidad de amor y de dolor. Hay que preservar amorosamente, pues, los infinitos acentos del español; pero no debemos confundir acento con dicción garrafal, ni con sintaxis catastrófica. Se puede tener acento andaluz y una dicción limpia; se puede tener acento aragonés y una sintaxis esmeradísima. En nuestra época, sin embargo, la reivindicación de grotescos particularismos, regionalismos y nacionalismos impone hablar un español degradado, de dicción ininteligible y sintaxis bestial. Más o menos el español con acento andaluz o aragonés que hablaría un inglés de Oxford puesto a imitarnos con desprecio clasista.

Una cosa es lucir con gozo una pluma en la hermosa cola de pavo real de nuestra lengua y otra pavonearse fatuamente hasta resultar ridículos. La afectación de acento puede llegar a ser una actitud tan patética como la vergüenza acomplejada de aquellos ingleses de clase baja a los que se refería humorísticamente Pemán.