Don Eugenio y don Francisco de Buitrago

ARENAS MOVEDIZAS

Quien se acerque a Buitrago del Lozoya tiene varias opciones para entretenerse. A esa sierra la llamaban en tiempos la ‘sierra pobre’ de Madrid. Puede que aún haya algún individuo que se acomode al uso fácil de la costumbre, pero un paseo por Horcachuelo, Montejo, La Hiruela, Prádena y otros lugares más desaconseja la terminología tradicional. Visitar Buitrago es un regalo de la historia, entremezclado de murallas, torreones, embalses, castillos y museos. Eugenio Arias, serrano lugareño exiliado en Francia por sus querencias republicanas, resultó ser el barbero de Picasso. El malagueño le obsequió con no pocas obras a lo largo de su amistad inquebrantable (ambos dedicaban varias tardes a los toros en plazas francesas y a asomarse a alguna montaña pirenaica para, de vez en cuando, ver España), y este, a la muerte de Franco, una vez vuelto a su pueblo, optó por ceder todo su tesoro para la creación de un pequeño y delicioso museo en su localidad natal. Pudo haberlo vendido y hacerse rico, pero se lo cedió a los suyos y fue feliz con eso. Hoy unas 17.000 personas pasan por sus dependencias. Al igual que don Francisco, el otro gran protagonista de este relato, vivió hasta hace algunos años viendo cómo sus pesares y avatares habían redundado en un pequeño gran bien para su localidad, ese que se gasta cerca de 800 metros de muralla asomada al río Lozoya y que ve pasear por su recinto histórico a unos cuantos amantes de la piedra y la memoria.

Al Buitrago de los primeros años cincuenta, un pueblo áspero, rudo, no excesivamente positivo y en el que la creación social no era fructífera, llegó un joven cura de veintipocos años llamado Francisco Ruiz Redondo. De aquel lugar la gente marchaba a Madrid, Barcelona, Francia o Alemania, buscando una vida con posibles. Al joven cura visionario que acababa de llegar y que habría de quedarse más de cincuenta años se le ocurrió que su labor no había de consistir solo en dar consuelo espiritual a quienes así lo solicitaran. Como buen visionario, don Francisco buscó soluciones para encarrilarlo todo: entendió que solo a través de la educación se construiría una sociedad autosuficiente y fundó varias escuelas profesionales para formar a los jóvenes de la localidad en diversos oficios imprescindibles para el tiempo del desarrollo que estaba al llegar. Se trajo a las monjas de María Inmaculada para crear un parvulario y una academia de corte y confección. Se hizo con terrenos para construir viviendas que, al fin, consiguió que albergara Caja Madrid. Fundó una residencia de ancianos, creó una coral y, como obra socialmente comprometida, ideó una escuela de oficios manuales en la que emplear a los chavales teóricamente ‘difíciles’ de la sierra. Les habilitó una vida en familia y los puso a reconstruir la iglesia de Santa María del Castillo, destruida en la guerra (las tres naves se quedaron en una), para hacer de ella lo que hoy puede visitarse, una sorprendente iglesia con artesonado neomudéjar y con una llamativa intención de sincretismo e integración. Una capilla cuenta con candelabros de siete brazos y otra, con azulejos con la palabra “Alá” que muchachos musulmanes trabajaron en el barro. En otra de las laterales, don Francisco ayudó a la artista búlgara Silvia Borisova y esta le pintó unas figuras ortodoxas absolutamente sorprendentes y hermosas. Y todo así. Consiguió terrenos, créditos, ayudas, y todo lo vertió en Buitrago. Don Francisco, en pocas palabras, no tenía nada y lo cambió todo. Al igual que Eugenio Arias, que pudo tenerlo todo para él y se conformó con vivir en una pequeña casa frente a su museo y disfrutar con la prosperidad que esa donación podía suponer para su pueblo.

Don Francisco no tenía nada ni siquiera coche: iba y venía de Madrid en autostop o en autobús (en una ocasión, un joven que resultó ser Luca de Tena, lo recogió en coche y le hizo una importante donación en nombre de ABC para su residencia de jóvenes) y vivía con la sencillez que se le supone a un hombre que, además, ofrecía laboral pastoral a sus convecinos, ya que para eso era cura.

Puede decirse que don Francisco cambió Buitrago y la vida de sus vecinos. Y puede decirse que Eugenio el barbero situó su lugar de nacimiento, mediante su donación, en las rutas de la curiosidad cultural. Merecen ambos un recuerdo mientras nos demos un paseo por el monte de las Gariñas orillando el embalse de Puentes Viejas.