Fuera de la ley

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Todos hemos estado fuera de la ley alguna vez. Y no es como en las películas americanas. En el imaginario colectivo está instalada, vía ficción heroica, esa ráfaga de libertaria resistencia. Pero la verdad es otra. La mayoría de las veces, estar fuera de la ley significa ser presa de una trampa tendida por ti mismo. Si hiciéramos una encuesta entre personas, descubriríamos que la mayoría ha estado fuera de la ley de las siguientes formas: no declarando una cantidad de dinero que posee en su certificación de Hacienda, ocultando el alquiler de una vivienda que posee, ejecutando obras de reforma en su casa sin la aprobación de los técnicos del municipio, conduciendo un coche sin los permisos obligatorios, sustrayendo algún material del trabajo o al descuido de otros, negociando con mercancías sin los permisos pertinentes. Es decir, estar fuera de la ley es mayoritariamente un chanchullo temporal, un atajo práctico, de indecencia moderada. Cuando la autoridad te atrapa, solo te queda una opción, bajar la cabeza, justificar tu mentira y ponerte al día en tus obligaciones.

La desobediencia civil es un supuesto de eminente autoridad moral. No dejan de ser citados los casos de Gandhi o de Luther King, pero sin tener en cuenta que en su lucha, como en otras similares, partían de la aceptación de la ley y el cumplimiento de pena que se les impusiera. Era la denuncia precisamente del castigo y de la falta de rigor moral que lo sustentaba lo que les granjeaba las victorias. Algo así sucedió en la España de los años 90 del siglo pasado cuando el servicio militar obligatorio y la prestación social impuesta como castigo lateral fueron desmontados por la masiva insumisión juvenil. Los que se enfrentaban al reclutamiento admitían las penas, pero era la sociedad quien juzgaba indecente encarcelar a jóvenes sin criminalidad, la mayoría licenciados universitarios con todo un futuro brillante por delante. Los gobiernos apenas aguantaron la presión porque tenían todas las de perder y cedieron impotentes.

Los que se encuentran fuera de la ley con esa certeza de que la presión social cambiará la norma saben que el primer principio de su lucha no es renegar de las leyes del país, sino presionar para que sean cambiadas por el curso parlamentario. Es decir, la legalidad como meta, no como abominación. Por eso resultan tan frívolas e inconsecuentes las posiciones fuera de la ley en nuestros días. Hace pocas semanas, una madre huyó con sus hijos para negarse a entregarlos al padre, que había sido condenado por malos tratos. El régimen de custodia, que debía negociarse en el país extranjero donde fueron concebidos, fue forzado por esta huida. Pese al evidente apoyo popular que toda madre, y más si ha sido maltratada por el marido, suscita, saltarse la ley resultó un camino equivocado. Finalmente se cumplieron las normas dictadas en los juzgados y habrá de retomarse el camino legal, unido a la presión de la sociedad, para determinar el futuro de este caso y de otros similares que afectan a muchísimas familias en condiciones similares pero sutilmente distintas.

Volvemos pues al inicio del camino. La falsa fotogenia de situarse fuera de la ley. Las huidas de los delincuentes siempre han sido cantadas por lo que tienen de épica desesperada. Sin embargo, pocas veces se cuenta la otra cara de la moneda. La ley como expresión de acuerdo social y, por tanto, quienes la quebrantan no son héroes, sino oportunistas, individuos que prefieren el atajo radical a la pelea legal. Nadie admitiría como personaje épico a quien defrauda a Hacienda, por más fuera de la ley que se pretenda. Los que pagan sus impuestos con regularidad no compran su insumisión. Los que se saben protegidos en diversos ámbitos por leyes que velan por los intereses colectivos no se sienten fascinados por quienes se disfrazan de fuera de la ley. Más bien aguardan silenciosos a que caiga sobre ellos el peso de la norma pactada, porque saben que sin fotogenia ni grandeza, de esa forma burocrática y gris, se están salvando cada amanecer las posibilidades de vivir civilizadamente, gracias a un acuerdo que para ser modificado requiere el camino transparente y lógico de la reforma legal.