Las manos de Isabel Rojas

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Sonaba preocupada en sus últimos mensajes, pero optimista. Había pasado un verano duro, pero iba mejor. Nos íbamos a reencontrar en unos días, en la terraza de siempre, para un café con hielo, tras su sesión de rehabilitación. Y hoy me despierto con un mensaje de su hija diciendo que falleció ayer. Isabel Rojas. Mi amiga de la infancia y adolescencia. La persona de la que más cerca me sentí en esos años de formación y dudas y cavilaciones y miedo y exaltación. Mientras las lágrimas hacen su aparición y el dolor al pensar que ya no está me acompaña en esta lluviosa mañana en Bruselas, una montaña de imágenes aparecen ante mí. Isabel sonriendo mientras se acerca a un banco del parque paupérrimo donde nos encontrábamos. ¿Ya te leíste el de André Gide? ¿Tienes La cartuja de Parma? ¿Quién puede tener En el camino? ¡Cómo me ha gustado El largo adiós! Chandler. Hammett. Stendhal. Kerouac. Leíamos con pasión, con hambre, con exaltación. Cada libro era un paso más hacia un mundo al que anhelábamos pertenecer, al que intuíamos que pertenecíamos. Era de una belleza sobrecogedora. Yo le decía que parecía una actriz de película de Bergman, una mezcla de Ingrid Thulin y Liv Ullmann con algo de Greta Garbo. Había sufrido polio de niña. Cojeaba. Pero nunca vi que su cojera la detuviera. Era intrépida y atrevida y lista y enérgica y tranquila y divertida. A los dos minutos de estar con ella, la cojera se hacía invisible. Hablábamos de libros, de amor, de sexo, de películas, del miedo a la vida, de Dios, de la muerte, hablábamos de todo. Tenía una hermana mayor que estaba en París y, cuando volvía, nos traía libros y sándalo: para mí, su hermana era un mito viviente a la que yo admiraba con la ingenua admiración adolescente hacia alguien que te parece de otra galaxia.

Pasó el tiempo. Empezamos la Universidad. Nos distanciamos. Por esas cosas sin sentido que suceden entre amigas. «Yo creía que…». «Y yo, yo pensé que…». Cuando volvimos a encontrarnos, ella llevaba unos años en una silla de ruedas. Con ELA. Y su hermana había muerto. De esa misma enfermedad. Esclerosis lateral amiotrófica. Y me descubrió el mundo de una cruel enfermedad de la que yo lo desconocía todo. La progresiva pérdida de control sobre el cuerpo. La silla de ruedas. La inmovilidad. La bomba de oxígeno. Las dudas sobre si someterse a una traqueotomía. La dependencia de cuidadores, algunos, maravillosos; otros, no. La vulneración constante de sus derechos, con la que los enfermos de ELA se enfrentan cada día, no sólo por parte de los estamentos públicos, sino de todos los que se atreven a opinar sobre su derecho a la vida. Su increíble habilidad para escribir con la barbilla. La lucha diaria constante por mantener la dignidad y la lucidez y el sentido del humor y las ganas de vivir. Isabel, que siempre fue alguien muy comprometida con causas de todo tipo, empezó una batalla para que los enfermos de ELA pudieran llevar una vida digna. Pero igual que la polio no la definía, la ELA tampoco la vampirizó, y nuestras conversaciones volvieron a girar sobre libros, sobre películas, sobre política, sobre lo divino y lo humano, aunque ahora se añadía la preocupación constante por nuestras hijas, qué harán, con qué mundo se encontrarán, qué herramientas podemos darles…

Y yo, mientras me contaba todos sus esfuerzos para que los enfermos de ELA fueran respetados y escuchados, miraba con admiración sus manos, que siempre llevaba con la manicura impecable, cruzadas sobre el regazo. Blancas, tersas, bellísimas manos de Isabel Rojas. Siento no haber compartido más tiempo contigo. Pero no te olvidaré.