Un linchamiento

ANIMALES DE COMPAÑÍA

En alguna ocasión me he referido en mis artículos a Enrique Álvarez, un escritor leonés afincado en Santander desde hace treinta años. Lo conocí hace aproximadamente una década y tardé algún tiempo más en decidirme a leerlo; pero cuando lo hice me di de inmediato cuenta de que se trataba de un finísimo autor, de una sutileza en la confección de sus personajes y una tersura en la escritura fuera de lo común. Pero, ¡ay!, Enrique Álvarez es escritor auténticamente católico, o católico auténticamente escritor, sin sentimentalismos píos; y nunca ha sido admitido por la burricie fatua y el esnobismo gafapasta que custodian las aduanas del Parnaso. Y, como es hombre de natural bondadoso y resignado, ha sobrellevado siempre con gallardía todos los desdenes y seguido escribiendo con callado entusiasmo cuentos llenos de delicadezas y novelas en las que muestra siempre un conocimiento superlativo de la naturaleza humana. Leyendo estos cuentos y novelas no tuve otro remedio sino hacerme amigo suyo; pues me parecieron admirables.

Hace un mes aproximadamente, poco después del atentado islamista de La Rambla, Enrique Álvarez publicó en El Diario Montañés un artículo en el que analizaba los errores teológicos que, a su juicio, anidan en la fe musulmana, así como las consecuencias que tales errores han tenido a lo largo de la Historia. En el artículo, Álvarez también advertía que favorecer al Islam moderado, pensando que así se aplacaría a los terroristas, era un craso error; y abogaba (tal vez ingenuamente) por «restaurar» el cristianismo, para limitar la expansión del Islam. El artículo tenía un tono levemente airado; y, por supuesto, sus tesis eran tan discutibles como las de cualquier artículo que se publique en la prensa. Pero de inmediato fue tergiversado maliciosamente y presentado como un peligroso alarde de ‘islamofobia’ por los mismos que han hecho de su aversión al cristianismo la razón de su existencia. En unas pocas horas, Enrique Álvarez fue linchado en esas cochiqueras inmundas que llamamos piadosamente “redes sociales”, lapidado en los telediarios y escarnecido en su ciudad, donde cada vez que salía a pasear recibía una avalancha de injurias, insultos, vilipendios y amenazas que dejaron su honor y su aplomo por los suelos.

Así, un escritor con una docena de hermosos libros a sus espaldas fue anatemizado de la noche a la mañana y del modo más burdo y bestial. Pero la vileza de sus calumniadores no se conformó con tan poco: como Enrique Álvarez es funcionario del Ayuntamiento, exigieron su reprobación y destitución, como si se tratase de un cargo político y no de un funcionario por oposición. Naturalmente, todas estas maniobras torticeras y difamatorias fueron perpetradas por intereses bajunos; pero a quienes las impulsaron no les importó dañar hasta la destrucción a un hombre bondadoso e inerme al que conocían sobradamente, no les importó arrastrar por el fango a un magnífico escritor al que sin embargo jamás se habían molestado en leer (porque los hombres de alma ruin sólo leen aquello que alimenta su ruindad, si es que leen algo), no les importó humillar públicamente a un funcionario probo y diligente que no ha hecho otra cosa sino desvivirse por la ciudad que treinta años atrás lo acogió.

Y, mientras las alimañas lo hostigaban, mientras caían sobre él la ignominia y el oprobio, casi nadie lo defendió públicamente, ni se solidarizó con su tribulación. Recibió, ciertamente, algunas muestras de apoyo que, por ser siempre privadas y a título individual, resultaron irrelevantes. Y, ¡por supuesto!, ninguna institución ni jerarquía de la Iglesia, a la que Enrique Álvarez ha defendido con ardor durante más de treinta años (para obtener a cambio tan sólo el descrédito literario) ha tenido el detalle de brindarle consuelo, aunque fuese de extranjis, al estilo cobardica de Nicodemo. Si hasta ahora Enrique Álvarez había tenido que resignarse a ser un escritor sin apenas reconocimiento, para cargar con la cruz de su compromiso religioso, tras el linchamiento se ha convertido en un proscrito total.

Y todo esto ha ocurrido en la tierra de Marcelino Menéndez Pelayo, de José María Pereda y Concha Espina. Allá en el futuro, cuando algún historiador curioso trate de comprender las causas de la vertiginosa metamorfosis de una nación antaño briosa como España en una masa amorfa, temblona y con olor a caquita, tendrá que estudiar la ferocidad de las alimañas, pero también la tibieza y pusilanimidad de los presuntos ‘buenos’, infinitamente más inicuas.