El cariño en el bocadillo

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Llámenme maniática o bruja o loca, pero toda una vida zampando bocadillos me sirve para que, cada vez que pido uno en un bar, sea capaz de saber, al probarlo, qué le pasa a la o el que lo ha elaborado. Hay bocadillos de pan congelado, untados con un triste pincel ungido de tomate de lata y aceite de girasol, con fuet de oferta, cortado hace un mes, que saben a derrota, a angustia, a aburrimiento, a pena enquistada en un corazón a medio gas. Hay bocadillos de pan regular, cuya costra desprende harina, con trozos de jamón york fresco pero soso, que no saben a nada y están hechos con la apatía de alguien sin horizontes ni alegría, que te mira sin mirarte con la expresión vacua e irritada del que lo único que quiere es que desaparezcas de su vista. Bocadillos de mustio pan de molde con la corteza un poco seca, con lonchas de algo que no se sabe qué es, en lugares perdidos de Inglaterra, que saben a vacío existencial, a falta de horizontes, a horas perdidas en un sofá estampado en flores beige delante de un televisor descomunal.

Y en el otro extremo, ¿qué encontramos? Bocadillos gloriosos, exultantes de buen pan, buen aceite, frotados con vigor y gozo, con tomates de verdad y llenos de cosas buenas, servidos en lugares de todo tipo por gente que ama lo que hace y disfruta compartiéndolo con los demás. Bocadillos inmensos hechos con pan de una densidad formidable en bares de carretera a las seis de la mañana, servidos por mujeres soñolientas pero amables y maternales que te reñían si no los acababas. Bocadillos de porchetta, de atún, de pimientos, de pringá, de calamares, de panceta, de langosta. De tortilla francesa. De jamón del bueno y hasta del no tan bueno. Bocadillos de Shanghái, de Olot, de Cape Cod, de Tokio, de Lima, de Aranda de Duero, de Cádiz. El bocadillo de las once de los rodajes: una pausa para pensar, para rehacerse, para hablar con el equipo, para intercambiar chistes, bromas, anécdotas con los actores. Recuerdo con nostalgia el bocadillo que mi madre, cuidadosamente envuelto en papel marrón, me ponía en la cartera, no sin decir que, si no me lo comía, lo volviera a envolver. Yo siempre me lo comía, porque lo que más me gustaba era ver a mi madre haciéndolo y me daba igual lo que me pusiera porque sabía que me iba a saber a gloria. Si cierro los ojos, puedo sentir el sabor de aquel primer bocado, el rumor de toboganes y pelotas y risas del patio del colegio. Y también siento nostalgia de los bocadillos que le hacía a mi hija, de su carita dulce preguntándome «si era una sorpresa o era lo de ayer», y de las historias que me contaba sobre los bocadillos de los otros niños en el patio.

Hay algo de mágico en eso tan sencillo de hacer, ofrecer, comer un bocadillo. Dos rebanadas de pan con algo dentro puede ser una ofrenda casi mística cuando está preparado con cariño. Y bien sabe dios que, en estos tiempos fríos de soflamas y discursos y palabras vacías, vamos a necesitar el cariño más que nunca.