La oreja anillada

NEUTRAL CORNER

A principios de los ochenta, un aficionado al rock madrileño hizo una peregrinación a Memphis. Ese hombre es hoy un sexagenario calvo que los domingos le pasa la manga de riego al coche delante de un chalé adosado en una zona residencial de la A-6 pensando en los materiales de bricolaje que debe comprar en Leroy Merlin. Pero, a principios de los ochenta, tenía tupé y una epidermis de cuero, y peleaba en las riñas de mods y rockers del Rock-Ola, de aquel Madrid pasado por Brighton.

En Memphis hizo las visitas de rigor según el álbum de clichés del rock. Pasó por Graceland, donde le molestó esa sensación de parque temático que convirtió a Elvis en un souvenir. Como estaba haciendo el viaje de su vida, decidió prolongarlo. Alquiló una Glide de un color rojo sanguinolento y se adentró en esas carreteras del sur, Tennessee, Misisipi, Alabama, Luisiana, cuyas profundidades le recordaron los personajes carcelarios, los rednecks que olvidaron las palabras de Jesús, de las canciones de Johnny Cash. También por su casa pasó, cercana a Nashville, y se preguntó si un saco de boxeo que colgaba de un árbol junto al porche era de los tiempos de Cash.

Tanto galopó la motocicleta que llegó a adentrarse en Texas. Nunca olvidará el nombre del lugar donde le sucedió: Jasper (TX), un pueblito vertebrado alrededor de una calle ancha que conservaba las dimensiones, las fachadas de madera y el aroma de los tiempos del Western. En eso pensaba, en que se sentía dentro de un Western, con la Harley abrevando, cuando abrió la doble puerta batiente del bar Happy Cajun, donde abundaban los bebedores con sombrero Stetson: había cambiado los clichés del rock por los de los cowboys. Pidió de beber. Sonaba una canción de Willie Nelson cuando un hombre se avanzó de un grupo para preguntarle por qué llevaba un aro prendido del lóbulo: «Eso sólo lo hacen los negros y los maricas». Le costó entenderlo por el acento. Pero sí comprendió que estaba a punto de coronar su viaje con otro gran cliché americano: una pelea de bar con tacos de billar. En ese instante, tuvo una ocurrencia. Recordó sus lecturas sobre el cabo de Hornos y alegó que era marino y que, en la Armada de su país, los navegantes muy machos que coronaban el cabo de Finisterre tenían derecho a anillarse la oreja. Era una tradición de hacía quinientos años. Dijo Finisterre porque le tradujo que estaba en el fin del mundo y que había tormentas, hielos y enormes cetáceos. Lo explicó con tanto entusiasmo que cambió la percepción de sí que su entrada en el Happy Cajun de Jasper (TX) había provocado. De repente, lo que había llegado al pueblo era un romántico aventurero extranjero que no tenía menos virilidad que cualquier texano de los que se extienden entre un sombrero Stetson y el suelo. Fue convidado a beber, a cenar. A almorzar al día siguiente y otra vez a cenar una costillada en una barbacoa con baile. Para entonces, ya lo saludaban los niños por el pueblo con cierto respeto reverencial.

Durante el baile vio desde el principio que lo tenía enfilado una cowgirl con redondeces a lo Dolly Parton. También tuvo la sensación de que se la entregaban como en un homenaje al héroe, un reconocimiento: una verdadera desbravadora de machos que quería para ella este recién caído del cielo. Se lo llevó a la trasera de una pick-up, donde al rockero se le empezaron a mezclar angustias y miedos escénicos. La expectativa de los tejanos ante las prestaciones de un marino que dobló el cabo de Finisterre, el pabellón español cuya honra en Jasper (TX) dependía de lo que él hiciera. Justo cuando ella se abrió la camisa, él saltó de la pick-up, corrió despavorido, montó la Glide y desapareció para siempre. Cuando la luz roja se difuminaba en la carretera, el cowboy que lo abordó en el Happy Cajun se dijo a sí mismo, aliviado, que en efecto no son los marinos, sino los maricas, quienes se anillan la oreja.

El rockero a veces sonríe con estos recuerdos, mientras pasa la manga de riego al coche.