Viajando con John

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Hace unos días, sobre un parco escenario, en el teatro del Círculo de Bellas Artes en Madrid, un grupo de personas que apenas nos conocíamos nos unimos para dar un homenaje a John Berger. La iniciativa la tuvo la ilustradora Leticia Rui Fernández, que había trabajado con John en la nueva edición de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, edición que se acaba de publicar y que John no llegó a ver. La publicación coincidía con la presencia en Madrid del hijo de John, Yves, que inauguraba una exposición en la galería Yvory Press. Ambos acontecimientos fueron la excusa –¡como si necesitáramos una!– para el encuentro de gente de todas las disciplinas que conocimos, admiramos y amamos a John y tuvimos la fortuna de conocerlo. En el escenario, unas pocas sillas simulaban unos vagones de tren. Allí nos sentamos Manolo Rivas, Marisa Camino, Gervasio Sánchez, Juan Cruz, Eduardo Calero, entre otros, recitando, narrando, bailando, cantando, evocando la figura de un hombre que marcó nuestras vidas. Un hombre que, a diferencia de la mayoría de los artistas, buscaba la colaboración, anhelaba crear lazos con gente de los más variados pelajes, fotógrafos, coreógrafos (Mal Pelo), cineastas, pintores, directores de teatro (Simon McBurney) para establecer una red que trascendía el arte y creaba caminos de unión, puentes de amor y creatividad entre gentes, países y disciplinas que lo enriquecían y nos enriquecían. Fue un momento mágico cuando esa extraña familia que apenas se conocía se juntó espontáneamente para rendir homenaje a alguien cuya presencia es un billón de veces más potente que su ausencia, porque nos alimenta, guía y motiva cada día. Porque John era de esas personas que te hacía sentir siempre mejor de lo que eras, más listo, más capaz, más sensible, mejor. Con él, rozabas por unos momentos el convencimiento de que el mundo y la existencia y la lucha tenían –tienen– sentido. Ese regalo que nos hizo a los que lo conocimos y a los que conocen y aman sus libros nunca se desvanecerá. Y es un regalo que no cesa y que se hace extensivo a sus lectores. Después del acto, me emocioné con la cantidad de gente que se me acercó para decirme que gracias a mí habían conocido a John, que a partir de ese momento se había convertido en su escritor de cabecera: me hicieron sentir una vez más el poder de esa preciosa red, de esa capilaridad de ideas, cariño, poemas y textos que John creó con su actitud hacia la vida.

Recuerdo bien todas las conversaciones con John –en Venecia, en Torino, en Barcelona, en Quincy, en Avignon, en París– sobre viajes y viajeros: «El artista es un viajero que camina con una maleta que no le pertenece, que pertenece a otros, porque es con otros con los que comparte el contenido de la maleta, y el contenido de esa maleta también procede de los otros». He pensado muchas veces en sus palabras: me consuelan en los aeropuertos, en las estaciones, en los autobuses, en la vida. Mi última película, La librería, que es mi último viaje, está dedicada a él. Con amor y agradecimiento. Para John, con John.