Sabores de ayer

REINOS DE HUMO

Parece que al azúcar de los chocolates y los productos ricos que engordan le viene pasando lo mismo que a los sueldos. Las empresas lo han ido reduciendo desde 2008 sin que lo notáramos. Los que se lamentan de que las pizzas ya no sepan como las de antes no son nostálgicos delirando por su juventud perdida, sino paladares educadísimos. El queso Philadelphia tiene un 25 por ciento menos de grasa desde el año pasado, y a los cereales de Nestlé les han quitado 575 toneladas de azúcar (supongo que no en cada caja). Vivimos inmersos en lo que las asociaciones médicas y las agencias gubernamentales llaman proceso de ‘reformulación alimentaria’, que, dicho en cristiano, consiste en convencer y/o obligar a la industria procesadora para que fabrique alimentos más ligeros. Por citar solo una sorpresa. el año que viene probaremos, sin saberlo, un azúcar cuya estructura ha sido modificada para que se disuelva más rápido en la boca, de modo que con menos cantidad tengamos la misma sensación de dulzor. Esperemos que esta vez el remedio no resulte peor que la enfermedad. Hace treinta años descubrieron la olestra, una sustancia que sustituía a la grasa y no aportaba calorías; parecía que iba a ser la panacea y finalmente mutó en fiasco porque reducía la absorción de vitaminas y producía diarreas. No me parece mal que se ocupen de nuestra salud, pero confieso que me he sentido como cuando éramos niños y las madres convertían aquellos vasos de leche en superalimentos añadiendo una yema de huevo sin admitir jamás que lo hacían. Los expertos dicen que en la lucha contra la obesidad la industria puede hacer más en menos tiempo que la educación, pero yo creo que si pelamos más vegetales que cajas de congelado algo ayudaremos.