Te amo

PEQUEÑAS INFAMIAS

«Amo tu vestido», me dijo el otro día una amiga. Agradecí el cumplido, claro, pero al mismo tiempo pensé: «Tengo que escribir un artículo sobre esto». Sobre la sobredosis -la redundancia no puede ser más intencionada-, uso y abuso del verbo ‘amar’. Hoy en día, por lo visto, se ama todo. No solo un vestido, sino una música, una peli, un día de campo, unos huevos fritos con chistorra. Obviamente también se aman animales y personas. Y a cada rato hay que estar reiterando tanto derrame de amor de modo que no pocas conversaciones telefónicas, por ejemplo, acaban con un ‘te quiero’ o un ‘te amo’. Da igual que hable uno con el amor de su vida o un hijo que solo con un primo tercero o un compañero de trabajo, hay que estar haciendo pronunciamientos de afecto a todo quisque. A mí (y ahora voy a quedar fatal, pero qué le vamos a hacer, la verdad es la verdad), que conjugo poquísimo este verbo, me tiene atónita tanto derroche de amor porque me sobran dedos de la mano para contar la gente que quiero. Además, como verbo prefiero ‘querer’ a ‘amar’. Dado que estoy todo el día peleándome con las palabras, he acabado por tener con ellas una relación muy particular. Para mí, cada una tiene su personalidad y ‘amar’ siempre me ha parecido una cursilada, algo que, curiosamente, no me ocurre con su equivalente en otros idiomas. Me gusta ‘love’, me encanta ‘amour’ y ‘amore’, que siempre me ha parecido fascinante. Sin embargo ‘amor’ en español con ese ‘or’ final y a veces ‘oor’ me recuerda a una telenovela. Quizá sea por eso que, en nuestro idioma, al contrario de lo que ocurre en otras lenguas, existen dos verbos con idéntico significado. ¿Cuál es la diferencia entre ‘amar’ y ‘querer’? Supongo que se podría escribir todo un tratado sobre tema tan sutil, pero para abreviar puede decirse que ‘amar’ se usa para describir un amor romántico, mientras que ‘querer’ es más neutro, más democrático, valga la comparación, y se quiere tanto a un novio como a un hermano, pero también un objeto, un recuerdo, un paisaje, una situación. Sin embargo, todo esto forma parte del pasado porque ahora se ama a troche y moche, a diestro y siniestro, tanto que uno se sorprende de que el mundo vaya como va con tal desparrame de buenos sentimientos. ¿A qué se debe este amatorio empacho? Una explicación posible es que vivimos tiempos exagerados, redundantes, hiperbólicos. Los adjetivos se nos han quedado cortos, de modo que ya no se puede decir que algo es bueno o malo, por ejemplo, ahora todo es ‘superbueno’ o ‘supermalo’. La lengua ya prevé el superlativo, por tanto existen términos como ‘óptimo’ y ‘pésimo’ que describen el culmen de cualquier situación. Pero, como el idioma que manejamos es cada vez más pobre, se opta por acumular términos, de manera que para describir algo bueno hay que decir que es súper, híper mega, archisensacional y luego, para dar más énfasis, pueden añadirse unos cuantos emojis (pongamos que una bomba, una bailaora de flamenco, un montón de florcitas y corazones varios). Hace años que han muerto los matices. Las cosas son blancas o negras, magníficas o atroces, no hay punto medio.

De la lengua y sus hipérboles podría hablarse mucho también, pero prefiero volver ahora al verbo ‘amar’ para decir que un uso tan frenético del término tiene un paradójico efecto colateral. Las palabras se gastan de tanto usarlas, así que decir que uno ama a todo el mundo es tanto como decir que no ama absolutamente a nadie. Antes, no hace tantos años, se usaba una palabra para describir a este tipo de amadores infatigables. Los llamaban ‘pánfilos’ (etimológicamente, eso es lo que significa el término, el que ama todo), pero como la lengua es tan fascinante, poco a poco y con el uso, fue poniendo en su sitio a esta clase de panolis hiperbólicos de modo que ahora un pánfilo no es más que un bobo, un lila, un simple, un zote, un perfecto tontaina. Justicia poética llamo yo a eso…