‘Desastring’

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Vaya por delante que ni mi compañero ni yo, que volamos una media de 50 veces al año, somos de la clase de personas que protestan a la primera de cambio o que, a la menor oportunidad, montan un cirio por cualquier nimiedad. Si hay una tormenta o niebla espesa o cualquier fenómeno meteorológico o los pilotos o los controladores o el personal de tierra deciden hacer una huelga, entendemos que el vuelo que íbamos a coger esté retrasado o cancelado o lo que sea. Entra dentro de las probabilidades con las que cualquier viajero de hoy en día tiene que lidiar. Cuando cosas de este tipo han sucedido, sumergirse en un buen libro, respirar hondo, un rato de meditación o una película en el ordenador son cosas que hacemos a menudo para ocupar las largas horas que ambos hemos pasado en aeropuertos de todo el mundo, aunque el retraso nos haya hecho perder vuelos de conexión y nos haya supuesto muchas más horas en esos no-lugares. Todo esto es aceptable y hasta normal.

Lo que no es normal es lo que está pasando desde hace unos meses en la compañía Vueling y que hemos sufrido junto con numerosos pasajeros en estos últimos tiempos.

Los retrasos, percances, cambios de vuelo y cancelaciones de muchos vuelos de esta compañía se producen no como resultado de causas ajenas a la compañía, sino que, visto lo visto, son producto de la mala organización de la misma. Primer ejemplo: en un vuelo que tomé a Bruselas hace dos semanas, tras un retraso injustificado de tres horas, nos embarcan en el avión y el piloto nos dice que lleva un montón de horas volando y que la compañía «le ha pedido que, por favor, haga este vuelo». Ahí ya se te queda mal cuerpo porque piensas que un piloto fatigado no está en la situación ideal para trabajar. Tras una hora en el avión, te hacen bajar y te dicen que tienes que esperar a que llegue otro avión y otra tripulación. El resultado fue que salimos con seis horas de retraso a Bruselas, sin una explicación plausible.

Segundo ejemplo: el vuelo que salía de Donosti el pasado día 21 de septiembre a las 8:50 de la mañana. Tras despertarnos a las 6 para poder llegar al aeropuerto con tiempo, vemos que la compañía, con nocturnidad y alevosía, ha cancelado el vuelo y no hay otro hasta las 6 de la tarde. Mi compañero tenía que coger un vuelo desde Barcelona a las 4 de la tarde a Gambia, que es el único vuelo hacia ese país en toda la semana. Llamamos a la compañía y se niegan frontalmente a darnos cualquier solución por teléfono, mencionan que quizás haya un vuelo a la 1, pero que no es seguro; en todo caso tenemos que ir al aeropuerto para ver si realmente ese vuelo va a hacerse o no.

Todavía perplejos por la no respuesta, volvemos a llamar para preguntar si efectivamente podremos salir hacia Barcelona en ese vuelo de la 1 que no sale en la web de Vueling ni en ningún sitio y si, en caso de que alquiláramos un coche para asegurarnos totalmente de llegar a Barcelona, mi compañero podría tener la seguridad de que su plaza en el vuelo de Gambia no sería cancelada, ya que era un vuelo con conexión desde Donosti. Esta vez, la persona al otro lado del teléfono dice que no puede dar ninguna seguridad de nada y que tenemos que ir al aeropuerto, aunque sean las 6 de la mañana y ese supuesto vuelo salga a la 1. Así lo hacemos, claro, no hay otro remedio. Y mientras el taxi nos aleja de la preciosa bahía de la Concha, donde podríamos habernos bañado una vez más si tan sólo alguien hiciera medio bien su trabajo, un sentimiento de derrota y estafa nos invade. Ya en el aeropuerto, conseguimos tener los últimos asientos del misterioso vuelo de la 1 y alguien nos dice que esto pasa cada vez más y que el vuelo de las 8:50 no pudo salir porque los pilotos llevaban demasiadas horas trabajando. Otra vez cinco horas vagando por un aeropuerto donde no hay ni quiosco.

Vueling no parece tener ningún respeto ni por sus trabajadores ni por sus clientes. Desastring.