Entre el Barça y el Betis

ARENAS MOVEDIZAS

Dilapidar afectos casi nunca es un buen negocio. Deshacerte de aquello que sentimentalmente ha estado próximo a ti resulta difícil. En ocasiones, no obstante, el giro radical de alguien o algo hace que se desmorone la fidelidad de la identificación. No sé si fue Picasso quien dijo que una persona había de morir con la misma nacionalidad y la misma religión en las que nació: él, desde luego, nunca renunció a la española y no atendió a las inacabables ofertas de Francia para que se naturalizara. A ello se le pueden añadir algunos afectos más que suelen acompañar durante toda una vida a un individuo: algún paisaje añorado de la infancia o, sin ir más lejos, un club de fútbol.

En mi casa, que es la de ustedes, siempre se fue del Barça y del Betis. Vivir en la Barcelona de los cincuenta y sesenta y proceder del sur hacía que ambas disciplinas coexistieran de forma muy saludable. A mí me llevó de la mano mi tío Pablo a conocer el Nou Camp una tarde aciaga en la que el equipo empató con el Sporting. O a lo mejor perdió, no recuerdo bien. Me pareció entrar en un templo del que algo me dijo que no podría separarme nunca. Seguía al Betis, pero vivía en Barcelona, y ya de adolescente juntaba algunas perras para ir a la última fila de la grada norte y seguir entre apasionado y frustrado al equipo de la ciudad. No eran buenos tiempos para la euforia, el detestado Madrid lo ganaba todo y hasta que no apareció aquel holandés volador la cosa no cambió de signo. Ya marché hacia Sevilla, justo en la veintena, y allí me encontré con la otra mitad, con el equipo del arte, con el que magnificaba cualquier detalle, con el que ofrecía pasión en todas sus expresiones, con el que podía perder, pero sin el sentido trágico que acompañaba otras derrotas en otros ámbitos de la vida. Seguí siendo de los dos equipos con rayas en la camiseta: uno que ganaba títulos y otro que firmaba de vez en cuando alguna gesta.

El hecho de que al Barça le siguieran muchos aficionados en toda España tenía su explicación en que siempre fichó jugadores de todos los rincones, era elegante y vistoso y significaba la apuesta más seria para hacer frente al Madrid. El ser un club catalán nunca supuso ningún tipo de hándicap, entre otras cosas porque muchos seguidores tenían a algún familiar viviendo en aquella tierra. El club, por demás, siempre supo evitar la significación política: fue el gran éxito, por ejemplo, de Núñez, que hizo que el Barça fuera de todos, a pesar de que el nacionalismo andaba todo el día ‘ramoneando’ alrededor.

Pero hoy, estos días de forma más patente, el Barcelona ha perdido absolutamente esa tradición. Autoconsiderado el ejército civil de la Nació, los directivos sucesivos de estos años han puesto el club al servicio de la política y de la independencia. Ha sido el momento en el que hube entendido que nos estaba echando de su seno a los que no compartimos esa idea. Es una forma de decirnos que ese es un club para independentistas y que los demás no pintamos nada por los alrededores. Lógicamente, me bajé. No he cambiado de religión ni de nacionalidad, pero sí me he quedado con un único club de fútbol que ahora ocupa todas mis pasiones (y que después de unos cuantos años aciagos parece encarar una temporada magnífica) y con el que tengo cubiertas muchas emociones. No le deseo nada malo al Barça, ni que pierda siempre, ni que desaparezca, ni que se arruine, en absoluto. Simplemente ya no deseo que gane porque su victoria está puesta al servicio de una causa excluyente y xenófoba que no comparto.

Ahora, el debate está en si esa independencia por la que pugnan y a cuyo servicio están va a ser algo más que una quimera. Ya hay voces a diario preguntándose qué será del equipo y en qué Liga jugará en el caso improbable o imposible de la disgregación. Debo decir que me importa un pito. Si no juega en la española, más oportunidad tendrá el Betis de volver a ganar la Liga. Y si quiere jugar la francesa, la inglesa, la turca o una propia con los equipos catalanes, es un problema suyo del que yo me desentiendo. Que les cunda.