Luciano vs. Hitler

NEUTRAL CORNER

Los lectores deben de estar familiarizados con el nombre de Charles Lucky Luciano. Es el mafioso que fija la imagen del Don en batín, poderoso y lleno de boato como un jefe de Estado, y que, ganando primero la ‘guerra de los castellamarese’, moderniza en Nueva York la Mafia rural y bigotuda importada de Sicilia, la Mafia de cercanías a lo Joe Masseria, creando el holding de la Comisión y las Cinco Familias. Una red a través de la cual los mafiosos desbordan sus ecosistemas barriales y se permiten ambiciones tan desbocadas como la de intervenir naciones enteras, como en Cuba. Todo esto se propuso Luciano con la inestimable ayuda de la inteligencia de Meyer Lansky, provenientes ambos del gansterismo menor durante la Prohibición. En realidad eran tres amigos, pero a Bugsy Siegel tuvieron que ejecutarlo cuando, loco de amor por una artista menor que varios mafiosos se habían pasado ya los unos a los otros, empezó a distraer en cuentas suizas los dineros que le eran enviados para construir el hotel Flamingo, primera piedra del proyecto en el desierto de un visionario como Lansky al que se le ocurrió Las Vegas. En la época de la Prohibición, Luciano se hizo tan amigo de Al Capone que años después, cuando le llegó la noticia de que el ruidoso boss de Chicago había muerto de sífilis en su retiro poscarcelario de Florida, Luciano pidió al chófer del coche en el que iba que frenara y se arrodilló en una cuneta para llorar como un niño.

Antes del banquete mafioso en Cuba, que empezó con una célebre reunión de capos tan importantes como Frank Costello, Vito Genovese y Santo Trafficante, convocados por Luciano, en el hotel Nacional -famoso también por las bacanales sexuales del mafioso-, Lucky recibió en Nueva York una condena de casi veinte años. Las razones por las cuales sólo la cumplió en parte y aún pudo reinar en el submundo sin tener cumplidos los cincuenta forman parte de la intrahistoria incómoda de la Segunda Guerra Mundial. Y demuestran a qué pactos con el Diablo se resignan las naciones, los gobiernos y los ejércitos cuando la necesidad de ganar una guerra relaja las exigencias morales.

La asistencia logística de la Mafia, por orden de Lucky Luciano, en el desembarco aliado en Sicilia es una historia más o menos conocida. Hay otra, sin embargo, que lo es menos, pero que pesó más cuando los Estados Unidos se sintieron tan en deuda con la Mafia como para liberar a Luciano a cambio de que se aviniese a exiliarse en Italia -de allí se fue como clandestino a La Habana-. Después de comenzada la guerra, el servicio de Inteligencia de la Armada supo que en los muelles de Nueva York había espías alemanes infiltrados que cometían actos de sabotaje y proveían a la Abwehr de información acerca de los movimientos de naves que permitía a los submarinos U-Boot cazarlas en altamar con una facilidad pasmosa. El caso más escandaloso fue el hundimiento en el mismo muelle de Nueva York del gigantesco transatlántico Normandie, habilitado para el transporte de tropas con el nuevo nombre de USS Lafayette. El contraespionaje americano buscó a los saboteadores durante meses sin lograr ningún resultado. Hasta que Roosevelt autorizó una visita a Luciano en su celda, reunión durante la cual Luciano sólo pidió poder hablar con el jefe del sindicato de estibadores del puerto de Nueva York. En realidad, el sindicalista había sido contactado primero por el ejército. Pero él respondió que se debía a una autoridad suprema, más temible que la de la Casa Blanca, y que se llamaba Charles Luciano. Pocos días después de la entrevista en prisión, las gestiones mafiosas en los muelles dieron como resultado que a la Armada le fueron entregados, casi envueltos con papel de regalo, seis espías alemanes y su equipo de sabotaje. Nada volvió a estropearse en los muelles y, a partir de entonces, los submarinos alemanes tuvieron que buscar sus presas a ciegas en el Atlántico. En La Habana, Meyer Lansky anunció la pronta llegada del Don.