Una arrogante oligarquía

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Tal vez lo más estremecedor de la crisis catalana sea la desenvoltura con que partidarios y detractores de la independencia soslayan la única línea de argumentación que nos confronta con la trágica magnitud de lo que está ocurriendo. Quienes defienden la independencia catalana la fundamentan en un acto de voluntad soberana de una mayoría de catalanes. Quienes se oponen a ella esgrimen la existencia de unas leyes que impiden tal alarde de voluntarismo, que conculca la soberanía nacional. Pero lo cierto es que unos y otros -más allá de que unos se fundamenten en el puro adanismo y otros al menos se atengan al orden jurídico vigente- soslayan la cuestión medular.

Y es que ni unos ni otros son plenamente demócratas. Defienden una versión oligárquica de la democracia, cuya titularidad atribuyen en exclusiva a la generación presente: los partidarios de la independencia, a la generación presente de catalanes (aunque ni siquiera han conseguido demostrar que una mayoría de esa generación desee, en efecto, la independencia); sus detractores, a la generación presente de españoles. Tal como especifica nuestra Constitución, a los segundos los asiste, además, la legalidad vigente. Pero lo cierto es que las leyes vigentes son puramente contractualistas: su promulgación y reforma depende únicamente de aritméticas más o menos reforzadas y consensos más o menos artificiosos, sin fundamento racional alguno y sin otra ‘legitimidad’ que el pacto establecido por una mayoría con capacidad de mando (que, sin embargo, puede mandar cosas inicuas). La mejor prueba del carácter adventicio de las leyes es que, cada vez que cambiamos de régimen político, su presunta inamovilidad es instantáneamente fulminada.

Pero existe una forma de democracia mucho más plena. Chesterton la llamaba la «democracia de los muertos». Y, a diferencia de las formas limitadas de democracia que sólo dan voz a la «reducida y arrogante oligarquía que, por casualidad, pisa hoy la tierra», se la brinda también «a la más oprimida de todas las clases, que es la de nuestros ancestros». Seguramente para instituir un impuesto o señalar un plazo administrativo baste el parecer de nuestra generación, pero para comprender abarcadoramente las realidades históricas desde luego no basta. Y es que tales realidades no han sido modeladas de buenas a primeras por la generación presente, sino que en ellas se amasaron muchos esfuerzos concurrentes y sucesivos de generaciones anteriores. Dejar al arbitrio de una generación cualquiera ese esfuerzo compartido de las generaciones previas constituye una de las aberraciones más características de nuestra época, que sacrifica inconscientemente en el altar de un porvenir ignoto fundado en ilusiones siglos de convivencia pretérita fundada en certezas. Por supuesto, esta «democracia de los muertos» no puede mirar sólo hacia el pasado; pero toda su mirada hacia el futuro se sustenta sobre la experiencia que el pasado le procura (y a ese cimiento lo llamamos civilización). Así puede llegar mucho más alto y más lejos que quienes utilizan como trampolín el vacío, condenados a descalabrarse.

A lo largo de la Historia muchas veces los hombres desoyeron insensatamente esta democracia de los muertos, prohibiendo el voto de sus ancestros. No nos pondremos trágicos invocando desmanes que abrieron heridas irrestañables entre pueblos biológicamente unidos, por la voluntad caprichosa o beligerante de una generación. Pensemos, por ejemplo, en nuestro patrimonio artístico. Durante siglos, nuestros ancestros consideraron que la mejor manera de engalanar las iglesias consistía en pintar sus paredes con frescos que sintetizaban, al modo de una catequesis iconográfica, la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalispsis. Pero hubo una generación fatua y endiosada que, allá por el siglo XVI, decidió que aquellas hermosas pinturas eran bárbaras, toscas y demasiado chillonas; así que decidió rascar los frescos, encalar las paredes y excavar en ellas capillas en las que pusieron hornacinas y altares. Casi siempre aquella ocurrencia resultó, sin embargo, mucho menos hermosa que los frescos destruidos. Y ahora nos tiramos de los pelos sólo de pensar que hubo una generación con la sensibilidad tan estragada como para perpetrar tamaña fechoría.

Eso mismo es lo que se pretende hacer hoy en Cataluña. Aunque nos acallen, aunque traten de ahogar nuestra voz, los defensores de la democracia de los muertos, que es la única válida para comprender las realidades históricas, tenemos la obligación de hacernos oír, entre el chillar de tanto demócrata vivales.