La fruta extraña ha madurado

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Los árboles sureños sostienen una fruta extraña, sangre en las hojas y sangre en la raíz, negros cuerpos balanceándose con la brisa sureña. Nadie mejor que Billie Holiday cantó el dolor de la segregación racial y los crímenes impunes del esclavismo en Norteamérica. Quizá ha hecho falta demasiado tiempo para cobrar conocimiento y entender que ese mal aún perdura en la esencia de un país. Para muchos, la presidencia de Obama tuvo un diluido carácter racial. Un presidente negro no acabó de resolver los conflictos de violencia racial, es más, incluso se exacerbaron con motines en varias ciudades tras crímenes policiales. La victoria de Trump, en cambio, vino a dotar de sentido a la legislatura anterior. La recuperación de valores latentes de supremacía blanca y la vuelta a la impunidad de la violencia realzan la potencia de un discurso de protesta que ahora sí comienza a escucharse con toda claridad. Pese al retroceso aparente de muchas actitudes, la recuperación y salida del armario de discursos racistas en otro tiempo soterrados o callados ofrece una estampa mucho más real de ese problema.

Durante la pasada edición de los Oscar se vio con claridad que solo la protesta racial decidida y colectiva podía enfrentarse a las posiciones dominantes. Después de la escandalosa desproporción de los premiados, las minorías reclamaron su lugar y la institución corrió a solventarlo con una serie de premios que taparan sus vergüenzas. Y así, por desgracia, tendrá que suceder en otros ámbitos menos amables y predispuestos. La presencia de narradores negros se viene a sumar a la apabullante nómina de deportistas y músicos, que hasta ahora capitaneaban la presencia social. Norteamérica es un país joven, pero acaba de dar la vuelta al calendario que tan bien conocemos en Europa, y como todos los países tendrá que enfrentarse a los demonios de su fundación, porque no existe patria que no se asiente sobre la violencia. Pasados los años, en lugar de aminorarse la culpa y el enfrentamiento, este no hace más que aumentar, porque el tiempo transcurrido nutre los agravios y en cualquier disputa contemporánea resurgen las heridas mal cerradas. Bien lo sabemos en nuestro país, que arma su discurso diario con batallas que vienen de atrás.

La mejor noticia es la recuperación del talento afroamericano, que durante años ha estado mirado de soslayo en los Estados Unidos. Pareciera que siempre destacaban francotiradores únicos, seres casi agónicos que con el tiempo obtenían su lugar después de una biografía miserable. La revisión de los textos de James Baldwin en el documental I am not your negro sirvió para dotar de un fervor casi bíblico a los que siguen mostrando que la igualdad no se ha logrado, que la violencia estructural es pan de cada día y que la marginación tiene raíces profundas. A las presencias casi pioneras de escritoras como Maya Angelou o Toni Morrison le han seguido nuevas voces que cuentan experiencias personales de la feminidad negra, donde se eternizan dos peleas sin resolver, la de la raza y la del género.

Pero hay tres libros que resultan merecedores de un destacado lugar en la batalla, esa que libran también los deportistas negros hincando la rodilla en el suelo cuando suena el himno norteamericano. Paul Beatty ha escrito una sátira inteligente y sagaz, donde logra poner patas arriba la percepción higiénica de la integración negra. Su novela El vendido es un brillantísimo ejercicio de ficción cargado de mala leche, incluso frente a las miradas paternalistas tan habituales. Otros dos autores, Colson Whitehead y Ta-Nehisi Coates, completan esa línea con obras muy distintas. El primero traza una novela clásica pero llevada con estilo y pulso narrativo en El tren subterráneo, y el segundo envía una carta a su hijo que contiene la mejor explicación del miedo y la amargura de un negro estadounidense. Es en esa carta, titulada Entre el mundo y yo, donde nos asoma a ese abismo existente aún después de ocho años de presidencia de Obama. Años que no sirvieron para arreglar los problemas básicos, pero tuvieron la virtud de dejar sin excusas a quien no quería ver. La extraña fruta está madura. Llega el asalto definitivo a las letras y el arte, puede que desde allí alcance mejor a la sociedad mientras se sigue salpicando el calendario de disturbios en cada injusticia cotidiana.