Helicópteros en el fregadero

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Los helicópteros no han dejado de cruzar el cielo desde las siete de la mañana. No sé si pertenecen a la Policía o a diferentes cadenas de televisión, no sé si filman, si vigilan o si están ahí por placer. Nunca, ni cuando he estado en países en estado de guerra ni de posguerra, he oído tantos helicópteros, tan a menudo. Me producen un profundo desasosiego. Yo he subido en muchos helicópteros. He filmado el Gran Cañón del Colorado desde el aire, el mar del Norte, el Cantábrico, la Costa Brava… He ido con una cámara al hombro y las piernas colgando sobre las patas de la nave, por encima de una plataforma petrolífera, sin miedo, sólo con el temor de que se nos hiciera de noche antes de que pudiéramos acabar la filmación. Nunca estos pájaros con hélices me han producido la angustiosa sensación de estado de sitio que siento en estos momentos en la ciudad que me vio nacer y donde nació mi padre.

Hoy, el aire es denso y está lleno de ruido, y ese ruido se suma al de runrún de mi cabeza. ¿Qué pasará? ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? E-mails y mensajes de los amigos de aquí, de los amigos de fuera. Y yo ya no sé qué responder, qué decir. No sé muy bien ni cómo me siento: es una difusa sensación de desubicación que afecta al cuerpo, a la garganta, a la raíz del pelo. Y a la mirada. Veo mi barrio con una luz miedosa que refleja mi propio miedo, mi tremenda angustia.

La última película que he visto es Mother, de Darren Aronofsky. Es una extraña parábola que cuenta la historia de una mujer, apegada a una casa en medio de la nada. La mujer (Jennifer Lawrence) pinta las paredes, limpia el suelo, rasca muebles, reconstruye una casa que es el centro de su vida. El marido (Javier Bardem) es artista y, como todos los artistas, no pega palo al agua en casa y se dedica a la creación, que es lo suyo, mientras la mujer (ninguno de los personajes tiene nombre propio en la película) se pasa el día currando en la casa. Un día aparece un hombre (Ed Harris) con la excusa de que creía que la casa era un hotel y el marido lo invita a pasar la noche. Al día siguiente aparece la mujer de este hombre (Michelle Pfeiffer), que se dedica a flirtear con el artista y a putear a la dueña de la casa. La cosa se complica hasta el extremo de que aparece más gente en la casa, se producen un crimen, un funeral y mil cosas más, todo ante la atónita mirada de Jennifer Lawrence, que ve su casa invadida por extraños que la ensucian, que la menosprecian a ella y que, en el mejor de los casos, la ignoran. La película es de las cintas más turbadoras que he visto en los últimos años, con escenas insoportables y un clima malsano absolutamente conseguido. Pero para mí esas escenas no son las de terror y hasta canibalismo que se ven en la cinta. Ver a Jennifer Lawrence decir una y otra vez, hasta la exasperación, a una pareja que no se apoye en el fregadero porque no está bien fijado, mientras se burlan de ella, y gritar en la butaca cuando por fin el fregadero se cae y las cañerías revientan y el caos se apodera de la casa es absolutamente espeluznante. Y el ruido de los helicópteros que sobrevuelan la casa de Mother se mezcla ahora en mi cabeza con el ruido de los helicópteros que cruzan y descruzan el cielo encima de mi casa. Me siento como esa mujer que pide una y otra vez a la gente que se baje del fregadero porque se van a caer y, como a Jennifer Lawrence, a mí tampoco me hacen caso.