Desprotección

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Llego a mi habitación mientras la mujer de la limpieza está acabando de limpiarla. Se disculpa, me disculpo, le digo que no hace falta que termine de limpiar, que por lo que veo la habitación ya está perfecta, que yo tengo que escribir un texto -este-urgente y que necesito la mesa. Me dice que la tiene que acabar, que es su deber, que tiene que hacerlo. Tiene 28 años. Ecuatoriana. Dos niños. Lleva 7 años en España. Este es el primer trabajo con contrato que tiene. Vive a hora y media en autobús del hotel. Trabaja todos los fines de semana, que es el peor turno porque el fin de semana los clientes lo dejan todo especialmente sucio. Se calla de repente porque está hablando de más, dice. Se supone que no puede hablar con los clientes. Se supone que sólo tiene que limpiar en silencio y desaparecer como una instalación artística en las rendijas de la pared. Antes trabajaba con una señora. Una mujer especialmente desagradable, pero que hablaba hasta por los codos y le preguntaba cosas todo el rato. Ganaba menos, pero era entretenido, aunque la mujer tenía la costumbre de dejar cada día aquí y allá billetes de cinco euros para comprobar su honradez.

Mientras ella termina de abrillantar el baño y de cambiar las toallas, me pongo a escribir este texto que iba a ir de la desprotección. De cómo me he encontrado en una particular situación en mi vida como sólo había visto en algún capítulo de Ley y orden o Mentes criminales: cuando te pasa algo y no confías en que la Policía vaya a mover un dedo por ti. Es una sensación angustiosa. Sientes que los puntales en los que se basa la sociedad en la que vives se derrumban y tú estás debajo. O te sientes como cuando eras pequeña y te castigaban por algo que no habías hecho, y la tristeza y la rabia que sentías eran tales que te impedían hablar para defenderte. Esta viene siendo mi situación en los últimos meses.

Un estado en el que me siento desprotegida. En el que la agresión se produce no en una ciudad que no es la mía, sino justo en la puerta de mi casa. En el barrio donde nacimos mi padre y yo. Por eso, me da mucha risa que se haya comparado en muchos artículos y columnas mi caso con el del guapísimo y gran futbolista Piqué: perdonen, señores, pero no tiene nada que ver que te insulten en tu misma puerta gente de tu ciudad con que te insulten en otro lugar. Y no tiene nada que ver porque, además, Piqué es millonario y puede contratar a un ejército de abogados y guardaespaldas y yo no. Y puede ir a la Policía, mientras que yo ya no me fío de la Policía, en este caso los Mossos d’Esquadra, que se supone que me tendrían que proteger, porque ya no sé a quién obedecen o protegen. Seguro que entre ellos, como en todos los gremios, hay gente cojonuda, pero en este momento la gente como yo sentimos que están al servicio de otra cosa, de otras gentes: de los que agreden a la gente como yo. Lo único que me queda es escribir este artículo y decirle adiós a la mujer que acaba de limpiar el baño, que, como me ve escribir, me dice que un día, cuando sus niños crezcan, le gustaría escribir la historia de su vida. Y sospecho que también su historia es una historia de desprotección.