Cita a ciegas

NEUTRAL CORNER

El hombre decidió bajar a leer en un café a dos manzanas de su casa. Uno de esos salones de té para hipsters, con repostería sofisticada, bicicletas plegadas junto al paragüero y ordenadores abiertos sobre las mesas. Le gustaba leer ahí porque se sepultaba en una butaca de piel que le parecía digna de un club inglés para caballeros. Escogió una novela liviana, de intriga y escenarios internacionales, que estaba de moda. Y se dispuso a relajarse con el calor del café en las yemas de los dedos de una mano y el tacto del libro en los de la otra.

Sonó entonces la campanilla de la puerta y el hombre vio entrar a la mujer. Se la quedó mirando, era bella y turbia, con una gabardina que le evocó la idea de desenvolver un caramelo. Comprendió que la miraba con demasiada fijeza porque ella se dio cuenta y lo miró a él, tal vez molesta. Pero no retiró la mirada porque se había quedado fascinado por su sensualidad. Se enderezó en la butaca, por mero reflejo, cuando vio que ella caminaba hacia él: «Hola, ¿Andrés?». Iba a decirle que no, que le daba mucha pena pero que él no era Andrés. Ella sacó del bolso la misma novela que él estaba leyendo y se la mostró como si se tratara de un acuerdo para reconocerse en una cita a ciegas. Comprendió todo esto y decidió entregarse a la aventura, dejarse llevar, aprovechar lo que tal vez fuera un regalo del destino: «Sí, soy Andrés, qué tal, qué puntual». Ella se mostró aliviada, se deshizo del bolso colgándolo de una silla y se sentó sin sacarse la gabardina: «¿No tendrás calor?», le preguntó él.
-Pero es que vine desnuda, como me pediste.
-Ah, mira, qué bien.

Le ofreció tomar algo y probó con un par de temas de conversación. A ella le extrañó un poco: «¿Pero vamos a merendar? ¿Hemos quedado para eso? ¿Por qué no nos vamos directamente a mi casa?, no perdamos tiempo».
-Ah, mira, qué bien.

Pagó el café y salieron. Se dejó la novela olvidada sobre la butaca de piel. En la puerta, asumiendo el riesgo de que alguien los viera, ella le tomó la mano y se la pasó por debajo de la gabardina para que comprobara al tocar sus glúteos que iba desnuda. En ese preciso momento se cruzaron con otro hombre que entraba, impaciente, diríamos que excitado, mientras sacaba de una cartera de mano el tercer ejemplar de la misma novela que ese día había pasado por el café de hipsters. Se quedó en el centro de la estancia buscando con la mirada en las mesas, desorientado.

Los tocamientos se hicieron más atrevidos en el ascensor. A él lo desconcertó un poco la firmeza con la que ella parecía dirigirlo, imponer su voluntad. Estaba acostumbrado a mandar en la cama. Se sintió aún más confundido cuando ella le pellizcó una tetilla con una fuerza tal que le sacó un grito. Pero seguía tan fascinado, la deseaba tanto y tenía tal sensación de aventura que se dejó llevar. En el apartamento, que estaba a media luz y olía a incienso, ella le pidió unos minutos de espera en el salón antes de pasar a la habitación. Se entretuvo mirando una colección de dagas y látigos que colgaban de las paredes. Cuando por fin ella abrió de par en par la puerta de la habitación, estaba vestida por completo de cuero, enmascarada, acompañada por otro hombre, un corpulento esclavo, que le colocó un bozal mientras ella le arreaba el primer fustazo. Después fue obligado a caminar a cuatro patas hasta lo que era una auténtica cámara de torturas con un potro y todo. Era el servicio contratado por Andrés: la más cruel dominatrix de la ciudad, auxiliada en su mazmorra por un burdo simio sexual. El hombre empezó a quejarse y a suplicar que lo dejaran ir, lo cual lo empeoró todo, porque ése era precisamente el papel que se esperaba de él en la fantasía. Era por lo que había pagado, por que no lo dejaran ir por más que gritara y suplicara. La señora del tercero, mientras bajaba a hacer la compra, escuchó sus gritos escalofriantes y alzó las cejas, como diciendo: «Ya está otra vez la dominatrix del segundo izquierda».