El jefe de la manada

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Las acusaciones de asaltos sexuales contra mujeres por parte del productor de cine Harvey Weinstein han alcanzado en las últimas semanas el rango de epidemia. Durante muchos años, Weinstein fue una garantía para el acceso a las nominaciones a los premios Oscar. Su agresividad publicitaria y sus campañas de petición de voto le ganaron el apelativo de Míster Oscar. Sería conveniente repasar los discursos de agradecimiento de muchas actrices premiadas en esas décadas prodigiosas que incluían el nombre de Harvey, aunque ni siquiera fuera el productor de sus películas. Para mucha gente es inaceptable la idea de que los premios Oscar tengan un componente de mercado, pero es así. Sin dinero promocional, sin oficina de prensa, sin una distribuidora trabajando a destajo, es imposible abrirse un hueco en esa competición que premia el cine del año en todo el mundo. Weinstein fue durante bastante tiempo una potencia incontestable y logró que actrices difusas con papeles menores en películas olvidables ganaran algo tan goloso como el premio Oscar.

Lo terrible del asunto es que muchas de las revelaciones sobre el acoso sexual que sufrieron algunas mujeres hayan salido al amparo de una ola general. Es muy complicado para una mujer profesional suspender su actividad para entablar una guerra de credibilidad. Actrices, algunas importantes, dicen ahora que Weinstein las acosó, se masturbó ante ellas, les hizo proposiciones groseras y que las sometió a vejaciones en habitaciones de hoteles de lujo, en raros momentos de intimidad que él mismo provocaba con su promesa de empleo. En ocasiones he preguntado a algunas de mis amigas en puestos altos en empresas si han sentido el acoso de hombres en su escena laboral y las respuestas son demoledoras: la mayoría de ellas han padecido estos episodios y han salido de ellos como han podido, incapaces de denunciarlo porque la situación era demasiado sutil para invocar la ley o porque el deseo de progresar en su oficio les implicaba resistir, pero mirar hacia otro lado. Son mujeres fuertes capaces de negarse, pero seguro que en otros casos no ha sido así y callan, porque la denuncia deja en evidencia su debilidad y eso las abruma. Una lástima.

Todo el mundo que nos dedicamos al cine hemos conocido a Harvey Weinstein. La mayoría de nosotros, en festivales internacionales. Recuerdo la noche en que fui invitado a una fiesta que organizaba su empresa en el Festival de Venecia. La actriz mexicana que me invitó había trabajado para él en Estados Unidos y me contó varios episodios odiosos del personaje. Borracho, a las tres de la mañana, Harvey se pegó con un productor francés al que acusaba de intentar ligar con sus chicas. Sus chicas eran unas azafatas muy monas que andaban por allí atendiendo al personal y que él abrazaba pulposo y babeante. Como en tantas ocasiones, la fina línea entre la vocación artística y su expresión de negocio me produjo el vómito, el asco más profundo. Confirmaba mi deseo, a ratos irracional, de alejarme de ese sector, de reafirmarme en que prefiero sacrificar mis ambiciones profesionales que compartir un minuto de mi tiempo con esa gentuza, prepotente, zafia y degradante.

Si se acaba con la carrera de Weinstein y ni sus amigotes fieles, que los tuvo y muy relevantes, salen en su defensa, se habrá ganado algo. Tarde y mal, pero se impone justicia. Los maltratadores es bueno que reciban su castigo, aunque sea tarde y sin ya la capacidad legal de enchironarlos. Pero la más positiva reacción a este extraño suceso tantos años latente y silenciado es pensar que va a servir a muchas mujeres que, en lo más alto del escalafón profesional, siguen padeciendo el acoso por el mero hecho de ser mujeres, ser deseables, tener ambición de progreso. Puede que durante años la línea haya sido tan patéticamente difusa que incluso un empresario andaluz borracho y entre amigotes del gremio se atreviera a besuquear a una parlamentaria joven sin que las consecuencias fueran más que una leve censura mediática. Pero esa línea debe desaparecer y nuestra meta es alcanzar el día en que las mujeres no se sientan desarmadas y sometidas al capricho de esos gorilas de despacho que utilizan su poder y su superioridad jerárquica para perpetuar las prerrogativas del jefe macho de la manada.