Con las botas puestas

REINOS DE HUMO

Antes de que el extinto matrimonio de Angelina y Brad se celebrara en su Chateau Miraval y el rosado Jolie-Pitt and Perrin Côtes saliera al mercado, el pálido provenzal ya triunfaba por el mundo. Los jóvenes neoyorquinos asocian el vino a lo cool y no hay fiesta en la que falte. En París, lo mismo. En 2016 un estudio de la consultora Bayadères demostró que los jóvenes franceses, millennials incluidos, tienen una imagen positiva del vino y lo valoran por encima de las demás bebidas alcohólicas. Para los jóvenes españoles el vino sigue siendo cosa de viejos o de snobs, que casi es peor. Un vaso con las comidas no es ya una costumbre familiar ni los bares, el lugar de socialización. La liturgia colectiva pasa por beber en la calle litros del destilado que sea y fumar en todas sus variedades. El sector del vino, público y privado, lo intenta con menos éxito del que sería conveniente. Mientras, algunos emprendedores norteamericanos redescubren la épica de la bota en los textos de Hemingway y hasta han lanzado the Colburne bota’, fabricada en España para el mercado canadiense y americano. Imaginen el mundo hipster de la Universidad de Ocad, en Ontario, recuperando la gloria de nuestra pequeña obra maestra de piel de cabra, hecha para compartir las cosas buenas de la vida. ¿Acaso antes de colgar las botas con los jóvenes no habría que ser intrépidos y ocurrentes? Qué mejor modo de pasarla bien con los colegas que al grito de ¡pasa la bota! Si nos deben enseñar los canadienses, bienvenido sea, aunque sean ellos los que se pongan las botas.