Andalucía para ignorantes

ARENAS MOVEDIZAS

Como demostración palmaria de que la idiotez no conoce límites ni fronteras y de que no hay más tontos por una elemental cuestión de espacio, viene esta semana a colación, por la proximidad del 4 de diciembre, el asombroso caso de los manipuladores de la realidad histórica -o la historia real- al calor del acceso de Andalucía a la Champions de las autonomías, allá por los primeros ochenta.

Se viene dando desde hace algunos meses la perversa y estúpida comparación entre el camino de Andalucía a la cima del 151 y la trocha tomada por el independentismo catalán hacia su Arcadia soñada. Por partes.

Conviene señalar las diferencias con tal de que esta Andalucía de nuestros pesares (pesar que nosotros mismos calentamos) no sea utilizada por mercaderes indecentes. Poco antes de que el Ejército se levantara en armas contra la República, Andalucía tenía planchado y marcado el Estatuto de Autonomía del que ya disponían Cataluña, País Vasco y Galicia. El no haberlo desarrollado en plenitud, por mor del golpe militar de Franco y compañía, hizo que en los finales de los años setenta no entrara en el selecto club de ‘Nacionalidades Históricas’, formado por aquellos territorios reconocidos a tiempo por los gobiernos republicanos. Cuando se decidió que España sería una gran mancomunidad con tres excepciones, los andaluces salieron -salimos- a la calle con tal de reclamar la misma atención «histórica» que merecían distintos territorios del suelo hispano. Andalucía vino a decir, en suma, que si otros tenían acceso a determinados parabienes en función de supuestos derechos históricos, los demás españoles no debíamos ser discriminados por lo contrario. Los que vivimos el 4 de diciembre que ahora muchos reivindican sin haber nacido entonces, no salimos a la calle en busca de privilegios, sino todo lo contrario: que nadie fuera más que nadie por haber nacido en esta o aquella parte de España. La interpretación que algunos indocumentados hacen de aquella manifestación es tan torticera y burda que solo merece la conmiseración que hay que mostrar con los ignorantes. El problema, evidentemente, es que no solo son ignorantes. Son algo más: manipuladores de la historia en grado de idiocia.

El 28 de febrero en el que los andaluces fuimos a las urnas nos encontramos con unas normas absolutamente inusitadas e inverosímiles en cualquier referéndum racional. La pregunta era imposible de descifrar y las condiciones superaban cualquier prueba de esfuerzo: el Sí debía superar en todas las provincias el 50 por ciento del censo. Ojo, del censo, no de los votantes. Con esa misma norma ninguno de los estatutos catalanes hubiese superado la prueba de acceso: el último no llegó ni a la mitad del censo. Es cierto que Almería rozó ese tanto por ciento, pero también lo es que el censo de entonces era una suerte de chapuza que hizo, por ejemplo, que el propio presidente de la Junta, Rafael Escuredo, no pudiese votar por no estar censado. Cuando se tomó en cuenta el desbarajuste censal y la manifiesta injusticia de las condiciones aplicadas a ese referéndum, se demostró la voluntad de los andaluces de ser como los demás. Después de Andalucía, es cierto, vinieron todos y para todos hubo café, pero en diferentes dosis.

En Andalucía no se manifestó nadie por la independencia. En Andalucía no se torció la mano a la legalidad. En Andalucía no quiso nadie destruir el Estado. En Andalucía nadie pretendió obtener ventajas sobre nadie. En Andalucía, simplemente, se opuso su población a que, por el hecho de proceder de una pata concreta del Cid, unos ciudadanos obtuviesen privilegios sobre otros.
Ahora, cuando unos cuantos cretinos iluminados pretenden reclamar la independencia de este viejo sur (no cabe mayor estupidez), y cuando otros pretenden manosear su historia con tal de justificar los arranques irracionales de la avaricia septentrional, conviene recordar que en este rincón del sur, desde el que escribo, se inició una razonable y digna pelea por hacer de todos los españoles un conjunto de ciudadanos iguales en derechos y deberes. Los que vivieron entonces aquellos controvertidos tiempos deberían explicárselo, aunque sea con muñequitos, a tanto acémila y a tanto inculto como puebla este solejar con albarradas.