El poder de las palabras

PEQUEÑAS INFAMIAS

El hecho de tener que escribir sabiendo que lo escrito no llegará a los lectores hasta dos semanas más tarde me impide casi siempre opinar sobre cuestiones de actualidad. Más aún, si como ocurre últimamente, los acontecimientos cambian de signo y se solapan a velocidad de vértigo. Escribo estas líneas poco después de que el Gobierno de España anunciara la entrada en vigor del artículo 155 de la Constitución. Es imprevisible qué puede ocurrir a partir de este momento, tanto a corto como a medio o a largo plazo, y mucho es lo que se ha escrito y se escribirá sobre qué nos ha llevado hasta aquí. Errores por una y otra parte, conductas suicidas de unos, procrastinación de otros, ‘posverdad’, torpeza, miopía, desafección; la lista es larga y más que conocida, pero me gustaría detenerme en algo que es de mi ‘negociado’, digamos, y hablar del papel que en todo este desafortunado asunto han jugado y sin duda seguirán jugando las palabras. En un mundo en el que cada vez es menos importante la realidad y más la percepción que de ella se tenga, más irrelevante la verdad que su apariencia, el lenguaje juega un papel esencial, letal, diría yo. El fenómeno no es nuevo. Según Goebbels, por ejemplo, una buena campaña de comunicación consiste en lanzar consignas tan sencillas como (en apariencia) inapelables y repetirlas hasta la náusea. Así, frases como «Todo pueblo tiene derecho a decidir su destino» o «Solo queremos votar» siguen al pie de la letra los postulados de Goebbels y se han demostrado muy eficaces. Otra palabra que ha jugado un papel decisivo en este conflicto también está relacionada con la Alemania de los años treinta. Posiblemente al amigo Paul Joseph le hubiera interesado mucho ver el efecto paralizante que hoy tiene en todo mundo, pero muy especialmente en España, un simple vocablo, la palabra ‘fascista’. A uno pueden llamarlo de todo: tonto, bobo, loco, traidor, mentiroso; estas y otras palabras, incluso otras más gruesas o insultantes, pueden descartarse con el desdén o conjurarlas con una sonrisa. Pero, ay, si a uno lo llaman facha lo desarman por completo, lo dejan mudo, cavilante, contrito. Y da igual la filiación o la trayectoria de la persona a la que se le atribuya el infausto epíteto. Fascista han llamado a Serrat, a Isabel Coixet e incluso a García Ferreras. Ahí queda eso. Como antes he señalado, resulta imposible hacer predicciones de futuro, pero todo parece indicar que a medio plazo habrá elecciones. Entonces, volverán a jugar un papel clave las palabras. Me parece por tanto interesante analizar el uso monopolístico que los dirigentes independentistas -y conste que yo distingo entre dirigentes y votantes; los segundos son, en gran medida, las víctimas de los primeros- hacen de las palabras que se han arrogado. Términos tan hermosos como ‘libertad’, ‘paz’, ‘respeto’, ‘sonrisas’, ‘derechos’, ‘urnas’ son los que ellos han logrado asociar a su causa. Lo que, por supuesto, deja al bando contrario con todos sus feos antónimos: opresión, violencia, atropello, acritud… Y da igual que quien invoque los bellos términos antes descritos no practique ninguno de ellos. Da igual, porque hasta ahora el otro contendiente en el conflicto, el Gobierno de la nación, ha creído que: 1) El referéndum era ilegal, no iba a tener lugar. 2) Como la independencia era y es un tiro en el pie, no se lo iba a pegar. 3) Y quizá el error más grave de todos, pensar que, como ellos tenían la razón y el sentido común estaba de su parte, no necesitaban argumentar nada. Lamentablemente desconocían -y esperemos que ahora hayan aprendido- el poder de las palabras. No el de aquellas que se ponen en práctica, sino el de las que simplemente se invocan hasta convertirlas en un mantra que todo lo cubre y justifica. Ya lo decía su amigo Goebbels, una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en una verdad.