¿Sólo están corruptos los políticos?

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Supongo que para todos los españoles bien informados habrá supuesto una sorpresa mayúscula ver que un escándalo de corrupción política en Corea del Sur ha acabado con la dimisión de la máxima dirigente del país, pero también con el encarcelamiento del representante de la marca Samsung. Desde hace muchos años, llevamos insistiendo en la idea de que para adquirir un marco democrático más sano es necesario enjuiciar a los políticos corruptos, pero también a los agentes corruptores. Hemos sabido, por ejemplo, que la constructora Odebrecht ha estado repartiendo mordidas por gobiernos latinoamericanos sin otro fin que el de propiciar su importancia en contratas estatales. La quiebra de la confianza de los ciudadanos se produce, y esto es normal, con los políticos, porque fueron a ellos a quienes eligieron con su voto y en quienes depositaron sus esperanzas de progreso y buen gobierno. Pero nadie negará que la empresa corruptora tiene también una responsabilidad penal, aunque no genere tanta indignación social.

A menudo hablar de los políticos corruptos se ha convertido en España en una variante de la conversación de ascensor. Ya lo saben, cuando uno entra en el ascensor y coincide con alguien a quien apenas conoce, la conversación oscila entre el clima que hace ese día en la calle y lo rápido o lo lento que funciona el motor del elevador. Pues así, la conversación sobre la corrupción política en España tenía algo de tópico. Podías sacarla a colación sin que nadie se importunara. En un país en el que se ha prohibido hacer bromas de ningún gremio porque se enfadan, donde saltan las sensibilidades en cuanto alguien critica algo, resultaba que a los políticos se los podía criticar sin límite, abiertamente y nadie se enfadaba. A veces daba la impresión de que la invención de la política era algo así como el fútbol, un desahogo para las sociedades estranguladas. Hablar mal de los políticos se convirtió en un deporte nacional.

La primera consecuencia de esta estupidez fue que nadie con aspiraciones nobles quería dedicarse a la política. Si hace décadas los grandes talentos universitarios sentían una llamada para quizá emprender carrera en los partidos, ahora es raro que alguien con buenas perspectivas laborales lo haga. Está tan desprestigiado el gremio que incluso cuando la política viene a tentar con un cargo a personas que han demostrado su éxito profesional y su solvencia, casi siempre dicen que no y vuelven a sus asuntos. Esto es de una gravedad notable. Pero aún hay otra consecuencia peor. La de una sociedad adormecida a la hora de encarar su propia culpa, que también la tiene. Es cierto que la mayoría de los ciudadanos se acerca a las urnas con la inteligente certeza de que solo pueden aspirar al mal menor, pero eso no debilita sus exigencias de decoro.

El problema es que la sociedad española no ha sabido ver los muchos y diferentes frentes, aparte de la política, en los que la corrupción se ha hecho fuerte. No han ayudado las dinámicas de amnistías fiscales que premiaban a los que engañaban al fisco por ser millonarios que repatriaban el fruto de su robo. Tampoco ha sido buen ejemplo que empresas corruptoras de políticos pasaran sin ningún castigo por la cargadísima escena judicial. Aún peor el sentir la apelación a los colores cuando se afeaba la conducta fiscal de defraudadores, si eran de tu partido, de tu equipo o de tu familia, merecían una defensa de lo indefendible. Tampoco un organigrama mediático en el que siguen obteniendo la relevancia social personajes inútiles, caraduras especializados, ofrece un panorama alentador para los jóvenes. Esto, como tantas y tantas dinámicas asumidas en la sociedad del producto barato y mal hecho, de la copia pirata, la prostitución desmedida sin reparar en sus daños, el consumo de drogas diseñadas para el festejo con la promesa de no perjudicar nada, la comercialización ilegal y el tapujo y el engaño, el atajo y la corruptela furtiva, genera una imagen bastante más adecuada de la sociedad española que esa que sostiene que sólo los políticos están corruptos en España. No, la corrupción política es el géiser de un modo de comportarse. Ellos son precursores y máximos responsables, pero no únicos culpables.