La trampa de los titulares

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Soy ir a una entrevista es ir a una trampa. A una trampa en la que el entrevistador, siguiendo seguramente las directrices de sus directores o redactores jefes o de alguna autoridad, quiere titulares. Titulares que, en la abrumadora mayoría de los casos, poco o nada tienen que ver con el tema de la entrevista. Por diversas circunstancias, en este momento de mi vida me encuentro en una posición completamente demencial: tengo una película que promocionar, y resulta que, como he publicado tres artículos dando mi modesta opinión sobre acontecimientos que llevan años amargando (y alegrando) la vida a todos los ciudadanos de este país, en cada entrevista me piden una y otra vez mi opinión sobre cosas sobre las que está muy claro mi punto de vista y sobre las que me he manifestado claramente en los lugares donde hay que decirlo, los artículos de opinión, las tribunas, que para eso están. Y, conteste lo que conteste, afronte brevemente o esquive absolutamente el tema, el titular se refiere invariablemente al TEMA de marras: el procés. El último caso es alucinante: después de toda una entrevista hablando de lo divino y lo humano, de literatura, de librerías, de libros, de lecturas, off the record el entrevistador me dice: «Bueno, esto no saldrá en la entrevista, pero ¿cómo te está afectando todo esto?». Mi respuesta es justamente la que el tramposo periodista utiliza en su titular. Cuando le recrimino que eso no fue lo que habíamos acordado, que él me aseguró que eso no formaría parte de la entrevista, porque además era completamente irrelevante, se encoge de hombros y me dice que eso es lo que le habían pedido en su periódico y que lo de los libros y las lecturas no vende. Vender. Impactar. Abrumar. Gritar. Como si no hubiera otros temas, otras cosas, otras vidas. Como si el mundo se acabara en lo que pasa en este trozo de tierra. La asfixia informativa que sufrimos está vampirizando y eclipsando cualquier información mil veces más importante para la vida de las personas que las cábalas del señor del flequillo, que nunca fue elegido para su cargo. La estrechez de miras de la prensa, su primitiva necesidad de carnaza, ha echado más fuel, si cabe, a la hoguera del tema y ha contribuido aún más a la confusión en la que vivimos. Es muy triste y muy poco cívico este periodismo en el que -como sucede en la realidad circundante- no hay espacio para los matices, las tonalidades del gris, la reflexión, la calma, el sentido común. En el reino del sensacionalismo no hay lugar para el susurro, sólo para el alarido.

Menos mal (es una manera de hablar) que la larga lista de abusos de Harvey Weinstein está acaparando los titulares de la prensa mundial. Ya empiezan a preguntarme por el exmiembro de la Academia de Hollywood, y qué quieren que les diga… Aunque la única vez que vi a Harvey Weinstein fue en un Barnes and Noble de Nueva York robando una chocolatina, cambiar de tema me produce un inmenso alivio.