La gran esperanza

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Existen muchas expresiones de uso corriente cuyo origen es desconocido por las personas que las emplean. Mi favorita tal vez sea «gran esperanza blanca», utilizada con frecuencia para calificar a alguien en quien hay depositada una enorme confianza, pero de la que muy poca gente sabe que tiene un origen supremacista que bordea el racismo del KKK. Y que encima supone un estigma para uno de los novelistas más queridos de la historia de la literatura, Jack London. Lo cuento.

Jack Johnson, apodado ‘el gigante de Galveston’, fue el primer campeón del mundo de los pesos pesados de raza negra. No le resultó fácil conseguirlo. Durante años, cuando era aspirante, el propietario del título, James Jeffries, evitó combatir con él mediante un pretexto que tenía gran aceptación social: el campeón que aceptara pelear con un negro se degradaría sólo por ello, aunque no perdiera. Jeffries se retiró invicto y, como un Jenofonte, se marchó a restañar las heridas de sus combates en una granja de Burbank, donde se suponía que pasaría el resto de sus días cultivando en la memoria el recuerdo de las hazañas. El siguiente campeón, Tommy Burns, sí aceptó medirse con el negro, con Johnson, en 1908. Aunque la pelea tuvo que organizarse en Sídney para esquivar las limitaciones racistas que regían en los Estados Unidos. Johnson machacó a Burns con tal saña que él mismo lo sujetaba cuando iba a caer noqueado para poder seguir pegándole.

La consagración de Johnson como primer campeón negro fue una conmoción para la sociedad de la época. El título había sido profanado. Era necesario encontrar un paladín blanco que lo rescatara y rehabilitara arrebatándoselo cuanto antes a semejante descendiente de esclavos. Una comisión de notables, entre los cuales estaba Jack London, se presentó en la granja de Jeffries para exigirle, en nombre de la raza blanca, que asumiera esa responsabilidad. Jeffries regresó del retiro para demostrar, según sus propias palabras, que el hombre blanco era superior a cualquier «nigger». Jack London comenzó a calentar el desafío con una serie de artículos publicados en el New York Herald, donde no tardó en referirse a Jeffries como la «gran esperanza» de los blancos, el hombre que debería devolver su orgullo a los supremacistas.

El ambiente que rodeó la velada (Reno, 4 de julio de 1910) fue tan explosivo que, para apaciguarlo, se llegó a pedir que ejerciera de árbitro al presidente de los Estados Unidos, Howard Taft. También a Arthur Conan Doyle, creador de Holmes, que ya entonces tenía reputación pugilística y toda una obra sobre el tema publicada. Jeffries, que no estaba en sus mejores años, subió al ring con un peso de 150 kilos. Johnson estaba en una condición impresionante. Por eso Jeffries tuvo mérito al aguantar un combate casi parejo hasta el asalto quince, cuando Johnson lo tiró. La «gran esperanza blanca» falló en la misión que le había sido encomendada.

Los custodios racistas del boxeo no aceptaron la derrota y acosaron a Johnson amparándose en una ley que prohibía a los negros, en algunos estados, acostarse con mujeres blancas. Las preferidas de Johnson, por otra parte. Lo sorprendieron cruzando la línea de un estado donde imperaba esa ley en compañía de una mujer blanca: así quedaría desposeído del título y encarcelado. Johnson huyó del país. A esa época corresponde su vagabundeo de exiliado por Europa, donde llegó a aceptar la célebre pelea con Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, en la plaza de toros de Barcelona. Pidió regresar a los Estados Unidos cuando se enteró de que su padre iba a morir. Le pusieron como condición cumplir un año en Leavenworth, donde siguieron organizándole peleas. De hecho, peleó hasta los sesenta años. Murió en 1946, atropellado al salir alterado de una cafetería donde se negaron a servirle por ser negro.

El año pasado, el senador McCain atendió una petición de los descendientes de Johnson para restaurar su memoria y exonerarlo. Ahora ya saben de qué hablan cuando usan esa expresión.