Una historia sueca

Artículos de ocasión

Hace unas semanas viajé a Estocolmo para rodar unas escenas del documental en el que trabajo. En mis viajes a Suecia siempre aprecio la sensación de paz social y de progreso constante. Aficionado como soy a la riqueza de su cine desde los tiempos del mudo, visitar su escuela nacional de cinematografía es un placer, porque no solo evidencia el interés de la nación por tener una industria creativa fuerte, sino porque además acomodó entre sus paredes la Cinemateca, con lo cual tanto aficionados como estudiantes se codean a diario en el visionado de clásicos y películas fuera de moda, de esas que las plataformas de supuesto cine a la carta han eliminado de nuestra elección. Sin embargo, lo que más me interesó de este último viaje es que andaban de celebraciones por un aniversario muy importante para su vida cotidiana.

Hace cincuenta años, en septiembre de 1967, los suecos cambiaron la dirección de circulación de sus coches. Durante años, el país había insistido en conducir por la izquierda pese a que sus vecinos escandinavos lo hacían por la derecha, como el resto de la Europa continental. Después de muchos movimientos de progreso para tratar de llevar a cabo la reforma viaria, en el año 1955 se planteó un referéndum nacional no vinculante. El resultado fue una populista negación masiva de la variación y más del ochenta por ciento de los suecos votaron en contra del cambio de lado. Para entonces, empresas relevantes del automóvil como Volvo, hoy de capital chino, ya fabricaban sus modelos para todo el mundo y lo hacían con el volante en el lado izquierdo para facilitar su comercialización. El resultado era que los conductores seguían circulando por la derecha, pero sin los coches adecuados, con lo cual los accidentes eran constantes y la imprudencia venía impuesta desde el voto popular.

Hizo falta que llegara al Ministerio de Transporte y Comunicaciones un líder con personalidad que después llegaría a ser un hombre fundamental en la izquierda mundial, Olof Palme. Desde su autoridad se puso en marcha el movimiento H, de höger, que significa en sueco ‘derecha’. El Dagen H o Día H sucedió en el alba del primer domingo de septiembre de 1967, en el que se ordenó variar la dirección del tráfico con diez minutos de margen para implantarlo en toda la nación. Cuando llegó la variante no hubo apenas incidentes, aunque durante meses, un poco al estilo de la ley antitabaco en España, hubo protestas de todo tipo y se trató de enfervorizar a los ciudadanos con la idea de que perderían libertad, personalidad y orgullo nacional con la renuncia. Pero el cambio se llevó a cabo. Ese mes, los muertos en las carreteras suecas se redujeron en casi el cincuenta por ciento.

Esta pequeña historia sueca nos lleva a pensar con calma sobre las emociones y la realidad, algo que en los últimos años viene perturbando mucho al mundo occidental. No existe nada más sabio que observar la realidad y tratar de aspirar a un mundo mejor, a leyes adecuadas y que favorezcan al colectivo. Sin embargo, la primera pelea de estas iniciativas se entabla contra los valores asumidos y ese mal entendido patriotismo que lo mismo lleva a las masas a insistir en que quieren conducir por el lado contrario al de todos los países del entorno comercial o a sostener que no permitirte fumar en un restaurante en el que compartes salón con niños y personas mayores es quebrantar tu libertad. Ah, la idiotez es un rango casi universal. La idea de que el referéndum va a resolver lo que tiene que ser una discusión racional y no emocional ha llevado a entidades tan ejemplares como el Reino Unido a un disparate como el brexit, pues lo que se plantea no es un estudio y una comparativa, sino que se apela al arrebato. Suecia hoy es un ejemplo de que, con calma y sosiego, el poder político puede buscar los consensos para reformar lo que el sentido común dicta por encima de lo emocional. Nadie considera un agravio democrático que el liderazgo político revirtiera el resultado popular de un referéndum doce años después, todo lo contrario, se considera una bendición social.