Perderlo todo

Mi hermosa lavandería

El 15 de octubre pasado, por la tarde, Montse se estaba duchando en el piso en el que vivía con su hija desde hacía quince años. Había estado cocinando –es una cocinera sublime, como todos los que hemos probado sus platos podemos afirmar– y hacía calor. Mientras se duchaba, creyó oír ruidos en la calle, pero nada fuera de lo normal: vive en un primer piso en una calle peatonal estrecha y concurrida. Cuando acabó de ducharse, oyó a su perro Gunter ladrar desaforadamente, se asomó en bata y zapatillas y lo que vio no se le olvidará en la vida: una lengua de fuego avanzando inexorablemente desde el balcón, el ruido del televisor estallando, gritos en la calle. Le dio tiempo a abrir la puerta, con lo puesto, y salir con su perro corriendo escaleras abajo. En cuestión de minutos, el fuego arrasó con su casa y con todo lo que ella y su hija poseían. Con todo.

Los bomberos tardaron en acceder al edificio, dada la estrechez de las calles de Gràcia. Los vecinos fueron testigos de cómo los integrantes de un correfoc, que por primera vez había sido autorizado en una calle tan angosta como la calle Verdi, habían encendido repetidamente las mechas, justamente debajo del balcón de Montse. Nadie se explicaba cómo los responsables del Ayuntamiento habían autorizado el correfoc en un lugar tan potencialmente peligroso y con unas salidas y entradas tan escasas. Cuando llegaron finalmente los bomberos, su piso y todo lo que contenía, hasta el último detalle, había sido pasto de las llamas. Los bomberos consiguieron que no se extendiera a otros pisos y edificios. Montse pidió un teléfono móvil a un transeúnte para avisar a su hija y a sus padres, todavía en estado de shock. No los encontró. Todo lo que siguió a esos momentos es confuso. Atendieron a Montse en un establecimiento cercano. Su hija adolescente llegó a la casa y, cuando vio el piso en llamas, creyó que su madre estaba dentro y pugnó por entrar. Los bomberos no la dejaron y no le informaron de que su madre había conseguido salvar la vida. Llorando a lágrima viva, su hija la creyó muerta en lo que fueron probablemente los minutos más angustiosos de la vida de la joven. Finalmente, se encontraron y se fundieron en un largo abrazo.

Al día siguiente, ambas volvieron al piso aún humeante. Álbumes de fotos, recuerdos de viajes, muñecas, libros, ropa, ordenadores, cintas, discos duros, platos, zapatos, souvenirs, mementos: todas las cosas que conforman y acompañan la vida estaban absolutamente calcinadas. Tan sólo una escafandra de buzo, comprada en los Encantes, había saltado de la vitrina donde estaba y yacía milagrosamente entera, cabeza arriba.

Montse y su hija se recuperan lentamente, con la exclusiva ayuda de su familia, de un trance que es muy difícil de superar. Especialmente cuando todavía esperan una explicación o una llamada de las instituciones, que son las responsables de esta catástrofe que, por unos segundos, podía haberse convertido en una tragedia. Seguros, bancos, corporaciones, a una velocidad de tortuga, y con una falta de empatía escandalosa, empiezan ahora a ponerse en marcha para facilitar algo la vida de estas dos mujeres. Pónganse tan sólo un par de minutos en su lugar. Es todo lo que necesitan. Ningún correfoc merece que nadie se quede sin casa y sin recuerdos. Ninguno.