Tiranías de silencio

PEQUEÑAS INFAMIAS

Siempre me ha sorprendido cómo la sociedad, todas las sociedades, toleran ciertos comportamientos brutales que son secretos a voces hasta que de pronto, y nadie sabe muy bien por qué, lo que todos callábamos queda al descubierto. Entonces, la sociedad se rasga las vestiduras, el mundo entero se muestra implacable y clama por llevar a la hoguera a los mismos miserables que, apenas una semana atrás, admiraba, jaleaba y protegía. El último velo en rasgarse para ‘descubrir’ vergüenzas e infamias que todos conocíamos de antemano es el de las agresiones sexuales. Todo empezó con The New York Times haciéndose eco de una denuncia contra Harvey Weinstein, el todopoderoso productor cinematográfico acusado de acoso e incluso de violaciones de las que han sido víctimas nada menos que ochenta y dos mujeres, entre ellas actrices tan renombradas como Angelina Jolie o Gwyneth Paltrow. ¿Por qué mujeres famosas, influyentes y comprometidas con todo tipo de causas solidarias han preferido callar hasta ahora delitos de los que ellas mismas han sido víctimas? La respuesta se resume en una sola palabra: miedo. Todo el mundo sabía que en la industria del cine existía un secreto y siniestro peaje por el que había que pasar, pero nadie se atrevía a denunciarlo. Lo mismo ocurre en el mundo de la moda. Otra de las cabezas que han rodado en estos días es la del célebre fotógrafo Terry Richardson, que durante años ha ejercido su derecho de pernada con muchas de esas diosas de la pasarela que todos conocemos y que, tal vez, nunca hubieran llegado a serlo sin su ‘ayuda’. En cuanto a los medios de comunicación se refiere, acaba de caer también el devotísimo Bill O’Reilly, martillo de herejes y de todo aquel que no comulgaba con su línea ultraconservadora de pensamiento. O’Reilly ha tenido que dejar su empleo en la cadena Fox News, por el que cobraba 23,5 millones de euros al año, después de que se descubriera que la Fox había tenido que pagar más de 12 millones de euros a un buen número de mujeres a las que este individuo había acosado física y verbalmente, y también enviando, a modo de sugerencia, supongo, vibradores y películas porno. Estos casos, de una impunidad tan increíble como criminal, han tenido la virtud de producir un efecto dominó en el mundo entero, de modo que en Gran Bretaña, por ejemplo, nada menos que treinta diputados han sido denunciados por sus víctimas, mientras que el Parlamento Europeo, bajo el lema de ‘Yo también’, ha decidido poner en marcha una iniciativa que ayude no solo a mujeres, sino también a hombres víctimas de acoso. En efecto, de todo hay en la viña del horror, y un reciente ejemplo de acoso de esta índole es el sufrido por el actor Anthony Rapp, a quien el oscarizado Kevin Spacey intentó violentar cuando tenía catorce años. Spacey se ha defendido diciendo que no recordaba el hecho, que posiblemente estaba borracho ese día puesto que pasaba, en aquella época, un mal momento y a continuación confesó ser gay, algo que él había preferido callar hasta ahora. ¿Por qué si la orientación sexual de cada uno –y más aún en un ambiente ultraliberal como el del cine– no ofrece problemas hoy en día? Tal vez porque en esta sociedad tan abierta y tolerante en la que vivimos existen muchos tipos de tiranías del silencio. Como otra mucho más atroz, que también ha salido a la luz gracias al caso Kevin Spacey. Su hermano ha confesado que tanto él como Spacey sufrieron durante toda su infancia reiterados abusos sexuales a manos de su padre. Es relevante señalar que esta y el resto de las denuncias antes mencionadas se producen muchos años después de que tuvieran lugar los hechos delictivos, lo que, muy probablemente, impedirá que caiga sobre los culpables el peso de la ley. Aun así, algo importante ha sucedido en las últimas semanas. Se ha roto al menos una brutal omertá. La que amparaba las agresiones que, en mayor o menor medida, todas las mujeres hemos sufrido en alguna ocasión. Ojalá el efecto dominó que se está produciendo ahora sirva también para desvelar otras terribles tiranías de silencio que amparan conductas aún más repugnantes y, me atrevo a decir, bastante menos infrecuentes de lo que creemos los biempensantes.